domingo, 18 de diciembre de 2011

Hojas en el viento


Éste, aunque lo niegue el termómetro o el sol que aún persiste algunas tardes, es un otoño más frío, más gris y más melancólico que el de otros años. Como las hojas de los árboles a las que, tras cambiar de color, un soplo de viento como un escalofrío, las hace tomar conciencia de que su vinculación al árbol no era tan sólida como suponían y luego solo esperan ya ser arrancadas y fatalmente desprenderse ondulando hasta el suelo, este otoño caen sin pausa también los empleos como las hojas de los almendros, de los fresnos o los cerezos.

Todo comenzó hace casi cuatro años como un ruido de fondo persistente en los medios de comunicación sobre una crisis económica que no ha parado de crecer, luego se fue concretando en el rumor de un ERE en la empresa (“no pasa nada, llevo muchos años, cumplo mis objetivos, me llevo bien con todo el mundo”), al fin una llamada telefónica como otras de las tantas que hace el jefe al día:“Oye lo siento la empresa ha decidido prescindir de equis puestos y tu estás en la lista, dejas de trabajar con nosotros a final de mes”. Entonces comienza el descenso, el bamboleo en el aire, la sensación de incredulidad, de vértigo, de rabia incluso de culpa. “¿Que no he sabido hacer?, ¿en qué he fallado?, ¿me tuve que haber callado en aquella reunión?, ¿porque me ha tocado a mí? ¿porque han dejado a fulano si cumplía menos objetivos que yo? ". Hasta llegar al suelo: la mirada esquiva de los compañeros, contemplar a los chicos mientras duermen con lágrimas en los ojos, los intentos de tener coraje ( “no pasa nada, seguro que encuentro otro trabajo,lo he hecho otras veces, puedo volver a hacerlo”).

La consulta se me va llenando en los últimos meses de personas a la que les han ocurrido cosas así. Generalmente aducen en principio otros motivos: les duele la cabeza, la espalda o han ido a urgencias por un dolor torácico. Vienen muy preocupados, dispuestos a pensar que su malestar procede de una enfermedad que pueda atajarse con muchas pruebas, con una pastilla o con los cuidados de un "fisio". Muchos están entre los treinta y los cuarenta años y algunos son universitarios que nunca habían terminado de tener un empleo coherente con su formación ni por supuesto han estado bien pagados. Historiadores del arte que han sido despedidos como administrativos; ingenieros que cobran poco más de mil euros y les cierran la empresa después de años trabajando 10 o 12 horas al día; becarios eternos de distintas disciplinas en la universidad a los que se les va a evaporar la beca por los recortes; biólogos que trabajan de visitadores médicos y un día dejan de hacerlo por sorpresa y sin explicaciones; economistas subempleados con años en el extranjero y dos idiomas a los que marginan y minusvaloran, para que se vayan, en una pequeña empresa de provincias, de esas que según dicen son la esperanza económica de este país. Periodistas que despiden de diversos medios sectarios en los que nuncan querrían haber trabajado.

Hay otros: los currantes de toda la vida que han ido perdiendo el empleo en la construcción y a los que ya se les va terminando el seguro de paro; los chicos que abandonaron los estudios y ni siquiera llegaron a trabajar porque se perdieron en la niebla de la desmotivación y el nihilismo; los emigrantes que cuidaron a los viejos más difíciles y que ahora sienten la hostilidad de los mismos que antes los utilizaban para las tareas que ellos no querían hacer. Quizá pronto también lo pierdan algunas de las mujeres que trabajan en la ayuda a domicilio o muchos de los que trabajan desde hace años en diversos servicios sociales y quizá ni siquiera pudieron optar a consolidar la plaza. Hay muchos más incluidos los emprendedores que no han podido sacar adelante sus empresas porque sus clientes (la administración entre ellos) dejaron de pagarles hace muchos meses.

Albert Ellis en su Manual de terapia racional emotiva pone el ejemplo de la pérdida del trabajo para ilustrar su modelo de psicoterapia. Si alguien se siente deprimido o ansioso, no puede dormir y es casi incapaz de levantarse de la cama y lo achaca a que lo han echado del trabajo, hay que hacerle ver que esa no es la causa directa o automática de lo que le ocurre. No todo el mundo que es despedido en parecidas circunstancias sociales y personales se siente igual. La diferencia estribaría en como se lo toman, en lo que se dicen a sí mismos de lo que les ha ocurrido. Si piensan de manera tremendista ("nunca volveré a encontrar trabajo", "no debería haberme sucedido esto", "da igual lo que haga siempre tendré mala suerte"…) y se culpan a sí mismo o se atribuyen incapacidad ("no valgo para nada", "soy incapaz de mantener una familia", "soy débil e inepto para competir"…) es más probable que tenga emociones disfóricas y conductas autodestructivas. En cambio si tienen unas cogniciones más realistas ("es desagradable perder un trabajo pero voy a intentar prepararme y hacer lo necesario para conseguir otro", "no es mi culpa que me hayan echado o quizá cometí un error pero analizaré lo que ha sucedido y aprenderé para la próxima ocasión", "puede ser dificil encontrar un nuevo trabajo pero lo intentaré una y otra vez hasta que lo consiga", "trataré de disfrutar de la vida incluso en estas circunstancias sin anticipar acontecimientos y afrontando uno a uno los problemas reales que se vayan presentando") es probable que se sientan solo frustrados y con conductas activas y bien orientadas a conseguir superar la situación negativa que viven. Es decir A (el acontecimiento activador) no es directamente la causa de C (las consecuencias emocionales y conductuales). Lo determinante sería B (las creencias acerca de A).

Tengo el libro en las manos y veo que lo compré en Julio de 1990. Desde que lo leí he tratado de ayudar a mis pacientes aplicando estas ideas. En concreto a los que padecían un trastorno adaptativo porque habían perdido su empleo. Los he animado a mantenerse activos, a formarse más, a entrenarse en cuestiones prácticas (como ejercitarse en hacer entrevistas de trabajo), a no dejar de intentar seguir buscando trabajo sin nunca dejar que el fracaso afectara a su aceptación incondicional como personas. En muchas ocasiones he sido consciente de que en estos consejos ha existido una cuestión personal, quizá un ingénuo "cuento de la lechera" que creo que es compartida por muchas personas de mi generación. Fuimos hijos de familias humildes en las que quizá no había ningún universitario; nuestros padres fueron austeros y trabajadores para que nosotros estudiáramos; pudimos acceder a vivir en ciudades más grandes, en entornos más creativos y ricos culturalmente; incluso tuvimos todavía la posibilidad de sacar oposiciones de forma independiente y acceder a un trabajo estable, sin tener que debérselo a nadie, en distintos cuerpos de la administración o de trabajar en empresas en las que parecía valorarse la competencia profesional. Una fantasía meritocrática y progresista que tenía sentido en un pais tradicionalmente clientelar y en el que no era fácil sustraerse a este dicho tan castizo: "quien no tiene padrinos no se bautiza".

En el fondo, a pesar de mi afición a las novelas y películas negras, siempre he pensado que al final terminan encontrando un lugar mejor en el mundo laboral los que más se esfuerzan, los que tienen más conocimientos, más talento, más creatividad, más inteligencia, más capacidad de innovación, más honestidad, mejores manos: los que intentan hacer mejor su trabajo, sea el que sea, en definitiva. Cada día contemplo diferencias abismales en como desarrollan el mismo trabajo dos personas diferentes y siempre he pensado que hacerlo mejor (con todas las dificultades que tiene medir esto) debería representar una ventaja para encontrar un trabajo o para progresar en él. Por eso utilizaba las ideas de Ellis para estimular a los que me pedían ayuda porque me parecían coherentes con esa idea meritocrática que además me parecía profundamente democrática si partía del principio de igualdad de oportunidades, es decir desde una educación pública de calidad.

Sin embargo ahora encuentro que lo que más afecta a muchos de los parados con los que hablo es que tienen la sensación de que los han despedido sin tener en cuenta la calidad del trabajo que desempeñaban y que, por tanto, no saben si formarse más y aumentar su competencia va a servirles de algo para encontrar uno nuevo. Con los recortes desaparecen por mucho tiempo oposiciones para empleo público ya antes fragmentadas en multitud de autonomías(cuando no amañadas de alguna forma). Mientras que en el sector privado la tendencia es al subempleo casi humillante en empresas grandes y pequeñas. De nuevo parece pesar más de forma clamorosa conocer a alguien que te enchufe en algún sitio que el bagaje profesional que se posea. Lo que está haciendo que muchos de los mejor preparados estén huyendo a otros paises. Probablemente la profundidad de la crisis económica en España tenga que ver también con que en todos los niveles de la política se haya impuesto también el arribismo y no estén tomando decisiones trascendentales precisamente los mejores.

Imagino que Ellis diría que hay que seguir intentándolo y no dejarse arrastrar al desánimo, lo que además favorecería a los que más se benefician de este estado de cosas. Habría que tener un egoismo inteligente y estar abiertos al conocimiento para gozar más de la vida, para tener más recursos para sobrevivir, para saber analizar mejor los errores y no repetirlos, para intentar cambiar lo que no nos gusta, para cimentar mejor nuestro coraje. Hacerlo no asegura nada, pero no hacerlo asegura el fracaso y la melancolía. La historia ha visto muchos momentos malos, muchos peores que éste y en ellos ha habido gente que ha sabido persistir en saberes y actitudes que luego les han llevado a triunfar. Incluso tener un saludable optimismo como Karl Popper cuando escribía "la sociedad abierta y sus enemigos" en medio de la catástrofe de la segunda guerra mundial. Quizá haya que quedarse con su palabras para resistir el frío del invierno y comenzar a reaccionar paso a paso:

"Rechazad la fragmentación del conocimiento, pensad globalmente, no os dejéis sofocar por el crecimiento de las informaciones, rechazad el desencanto de Occidente y el pesimismo histórico, ¡ya que tenéis la suerte de vivir a finales del siglo XX! No caigáis víctima de la nada, ni del terrorismo intelectual, ni de las modas, ni del dinero ni del poder. ¡Aprended a distinguir siempre y en todas partes lo Verdadero de lo Falso". Karl Popper en conversación con Guy Sorman, en Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo, Seix Barral 1991

lunes, 28 de noviembre de 2011

Steve Jobs


No confiaba en el buen gusto de los consumidores y procuraba fabricar los aparatos que le hubiera gustado gozar, los que les gustaría tener a gente que puede aumentar los márgenes de su creatividad con ellos. Le gustaba pensar que se movía en la intersección entre la tecnología y las humanidades, un territorio abierto a la innovación y al gozo, donde se conectaban diferentes formas de expresión del espíritu humano sutilmente relacionadas. Le parecía que un gran ingeniero no se diferenciaba tanto de un músico, un pintor o un poeta: todos tenían el anhelo de expresarse, de ampliar las fronteras de lo real. Todos se adelantaban a su tiempo y en alguna época compartían el mismo conocimiento como en el caso de Leonardo.


Se consideraba un rebelde, un pirata libre en la vida y en el mundo de los negocios, capaz de ir a contracorriente y pretender ganar. Toda su vida se sintió próximo al pensamiento oriental que había descubierto en la contracultura de los sesenta y que practicó con la intensidad con la que abordaba todo lo que le interesaba. Viajó a la india, fue vegano casi toda la vida, conoció el LSD, hizo dietas estrictas de manzanas o zanahorias para conseguir ciertos estados de conciencia; caminaba a menudo con los pies descalzos, meditó toda su vida y creyó sacar de ahí una energía primordial que conseguía focalizar en clarificar los objetivos que perseguía y en intentar conseguirlos con una determinación contagiosa. Se creía especial y trasmitía que lo era, que con él se era podía hacer posible lo imposible.


Creía en la fuerza de los objetos bellos, en la relación emocional que con ellos se establece, en la energía que desprenden y en como eso nos mejora la vida. Por eso perseguía obsesivamente la simplicidad (fue muy zen toda su vida) y la calidad exquisita aunque eso le hiciera perder dinero en un principio. Creía en las cosas bien hechas como le había enseñado su padre adoptivo y consideraba que no era banal que fuera perfecto y bello incluso lo que no se veía. Logró fabricar un cristal que ya no existía para la pantalla del iPhone; trajo una arenisca gris azulada de la Toscana para el suelo de sus tiendas; pintó de blanco puro las paredes de sus fábricas y de colores concretos máquinas que no se habían pintado nunca para que los trabajadores fueran conscientes de la importancia que tenía cierta idea del diseño para la empresa y para que ese escenario les impregnara; se implicó ya muy enfermo en el diseño de la funda del iPad porque le molestaba que fundas vulgares cobijaran su "tableta" que nadie necesitaba pero de la que nadie podía prescindir cuando la conocía.


Le gustaba Dylan, los Beatles, Yo Yo Ma y los artistas que nunca paran de evolucionar, de refinar su arte y de mantenerse en perpetua búsqueda, al margen de las expectativas de los demás porque como decía Dylan "si no estás ocupado naciendo, estás ocupado muriendo". Como ellos fue capaz de reinvertarse varias veces. A los veinticuatro años lo despidieron de la empresa que había fundado pero decidió que le gustaba lo que hacía y que lo iba a seguir haciendo. Compró una pequeña compañía de animación llamada Pixar que años después crearía películas de animación tan extraordinarias como Toy Story o Up en las que estuvo muy implicado en todos los detalles del proceso de creación. Montó Net para fabricar ordenadores de calidad para las universidades y a punto estuvo de fracasar pero lo volvieron a reclamar de Appel que, por aquel entonces, estaba hundida y no paró hasta convertirla en la mayor empresa tecnológica del mundo.


Se implicaba en todos los aspectos de la fabricación y los supervisaba; intentaba sacar el máximo de cada uno y lo hacía con un carácter a veces insoportable. Veía todo en blanco o en negro. Una idea o era "una mierda" o era "maravillosa". Solo le interesaba el talento y creía que su misión era encontrarlo y ponerlo a trabajar en proyectos que merecieran la pena. De joven había aprendido a mirar con intensidad y a generar una interacción personal tan sugestiva que corría el rumor que producía campos de distorsión de la realidad a su alrededor. Era capaz de convencer al más escéptico, de vencer dificultades inauditas, de hacer lo que nadie había hecho, de hacer rentable lo que a priori parecía una locura. Decidió que su misión no era agradar a su equipo sino asegurar su excelencia y nunca tuvo problemas para apartar a quien fuera si no estaba a la altura de sus expectativas. Era capaz de gritar y de dejar que le gritaran, de contratar al tipo más raro del mundo si tenía conocimientos que le interesaban, de paralizar la salida de un producto si consideraba que no era perfecto.


Quizá era un tiburón pero no uno cualquiera. Era millonario pero no uno cualquiera. Consideraba que a este mundo se viene con la misión de hacer algo que lo mejore y no escatimaba la energía para intentarlo hasta cerca de las orillas de la muerte. Quería todo el control porque consideraba que solo así se consigue un producto como el iMac o el iPhone o el iPad. Fue capaz de reflotar Apple con un aparato que permitiera llevar 1000 canciones en el bolsillo y que se percibiera como un objeto sencillo y valioso. No era perfecto es verdad pero hay algo de inspirador en su vida quizá porque supo también ganar en el mundo real cuando él habitaba en otra realidad.


Me pregunto qué pensaría él de empresas como la nuestra, donde todo el mundo dice defender lo que no defiende, compartir lo que no comparte, donde el talento no es reconocido o más bien es bloqueado y la organización hace imposible hasta las más pequeñas cosas como limpiar el coche en el que hago las guardias cada semana. Lo imagino, si la dirigiera, acotando los servicios que tendríamos que ofrecer y tratando de que fueran realmente óptimos, pululando por todos los sitios y hablando con todo el mundo, sintiéndose un paciente y buscando optimizar su atención sin caer en el halago fácil, poniéndose en la piel de los profesionales y tratando de darles herramientas para mejorar el trabajo y sobre todo el flujo de información (¿qué diría de la atomización de programas informáticos incompatibles para gestionar la historia clínica?). Pero quizá todo sea una fantasía, la nostalgia tan humana del héroe que lo solucione todo.


Aprovechó la presentación de un producto para hacer el siguiente anuncio:


"Este es un homenaje a los locos. A los inadaptados. A los rebeldes. A los alborotadores. A las fichas redondas en los huecos cuadrados. A los que ven las cosas de forma diferente. A los no les gustan las reglas y no sienten ningún respeto por lo establecido. Puedes citarlos, discrepar de ellos, glorificarlos o vilipendiarlos. Casi lo único que no puedes hacer es ignorarlos. Porque ellos cambian las cosas. Son los que hacen avanzar el género humano. Y aunque algunos los vean como locos, nosotros vemos su genio. Porque las personas que están lo suficientemente locos para pensar que pueden cambiar el mundo…son quienes lo cambian."


Podéis aprender algo más sobre su vida leyendo la biografía que realizó Walter Issacson . Podéis escucharlo en el discurso de Stanford. Era Steve Jobs un pirata que conquisto el mundo pero murió joven como siempre había sospechado.







miércoles, 12 de octubre de 2011

Más sobre el Dr. Murray


Casi había olvidado al Dr. Murray porque dos años es mucho tiempo y pasan tantas cosas en el mundo que ocupan la escena mediática que es difícil guardar una proporción del tiempo y de la importancia de las cuestiones que a uno le interesan. Además me había prometido irme distanciando en este blog de la medicina como actualidad para solo tocarla tangencialmente a través de otros ámbitos que ahora me interesan más. Pero El Dr. Murray aparece de nuevo en medio de toda la parafernalia del juicio sobre la muerte de Jackson al que se busca librar de toda responsabilidad y traspasarla a un chivo expiatorio propicio, en este caso su médico. Hace dos años escribí esta entrada y ahora pasado el tiempo me parece todavía más pertinente. Parece que la haya leído el fiscal del caso cuando pone el dedo justo en la llaga de la cuestionable relación médico- paciente que existía entre los dos y exige responsabilidad a uno (el médico) para quizá eximir al otro (el cantante) y que permanezca eternamente el mito de masas, siempre una víctima de las circunstancias, nunca responsable de ninguno de sus actos salvo de la genialidad de sus canciones.

"No existía una relación doctor-paciente", explicó Walgren (el fiscal). Más bien se trataba de un intercambio interesado, en el que Murray actuaba como un mercenario a cambio de dinero por sus servicios. "…“Era una relación de empleado y empleador", dijo el fiscal, que informó de los 150.000 dólares al mes que cobraba el doctor por nominalmente ocuparse de la salud del astro. "Era un empleado y como tal actuó, no utilizó los criterios médicos adecuados".


Ya lo describía de forma memorable Chadler y lo hemos visto o leído muchas veces en libros o películas. También es fácil que lo hayamos contemplado alguna vez directamente. En esta sociedad se puede comprar todo y, si se necesita, también un médico que se pliegue a los caprichos más o menos oscuros del que paga. Alguien terminará haciendo una película sobre la muerte de Jackson y es fácil fantasear con algunas escenas del guión. Por ejemplo, es probable que incluya alguna con un Jackson, adicto y desquiciado, gritando entre insultos o súplicas al médico que le ponga su “leche” a la que cree tener derecho porque le paga bien. El médico dudará angustiado tratando de calcular la peligrosidad de la dosis o quizá ya habrá cruzado esa línea y solo hará lo que le mandan con cierta indiferencia, pensando que no es su problema y que quizá esta vez tampoco pase nada y que él también merece ser rico. Quizá nunca sabremos la verdad. Ahora al Dr. Murray se le trata de presentar como alguien inepto que ni siquiera sabía hacer un masaje cardiaco y solo pensaba en escurrir el bulto, cuando antes parecía ser un cardiólogo competente que incluso se despidió por carta de sus pacientes antes de sucumbir a un buen sueldo.


Pudiera parecer que el dilema moral del Dr. Murray es algo que solo se presenta en ciertos extremos, cuando un médico se mete en mundos turbios como, por ejemplo, en el deporte de alta competición donde, de vez en cuando, saltan escándalos de dopaje y donde los mánagers quieren controlar el trabajo médico como el de un empleado al servicio del club, como reivindicó Mourinho hace unos días. La mercancía pagada a precio de oro que son los jugadores tiene que ser reparada en plazos cada vez menores, quizá corriendo cada vez más riesgos aunque se transgreda la ortodoxia médica.


Pero a poco que se piense se observa que surgen situaciones similares en el trabajo médico de cada día. Cuando comencé a trabajar en un pueblo a principios de los años 80 ya percibí el precio que médicos de la anterior generación pagaban por las “igualas” que yo entonces veía tan mal. El sobresueldo solía salir caro y frecuentemente suponía plegarse a imposiciones y caprichos variados, generalmente a deshora, aunque hubiera mucho aparente respeto de por medio. Pronto comprobé que también sin ellas tenía presiones de todo tipo para hacer cosas con las que no estaba de acuerdo y que a menudo trasgredían la ortodoxia médica. Simplemente el no recetar algo que me proponían por variados motivos (lo habían tomado otras veces, o “ido de paga” o lo que fuera) y que yo no consideraba adecuado o incluso consideraba peligroso. Frecuentemente la respuesta era: ”para eso está usted aquí” o “para eso le pago” lo cual ponía de manifiesto que los usuarios del seguro comenzaban a sentirse empleadores del médico y por tanto lo consideraban a su servicio.


No hay que decir que las expectativas sociales no han hecho más que crecer en los 30 años que llevo trabajando. Y que cada día tengo varios episodios que ponen a prueba mi asertividad en forma de negar una baja que considero inapropiada o recetas con las que no estoy de acuerdo y que me vienen inducidas sin ningún informe que las justifique o derivaciones caprichosas sin indicación clínica o certificados de todo tipo en los que se me pide de que me haga responsable de cualquier tontería o banalidades conscientes que se presentan como una urgencia de madrugada porque a alguien le viene bien esa hora. Muy a menudo recibo hostilidad por esos y otros motivos unido a la frase: ”pues para eso pago”. Y estoy seguro que lo que quizá esa vez yo he negado lo haré otro día o lo hará otro. Si alguien presiona lo suficiente termina consiguiendo lo que quiere.


Ahora que hay crisis económica y que parece que va a haber recortes brutales e indiscriminados convendría preguntarse qué hubiera ocurrido si los médicos hubiéramos tenido el coraje de actuar con criterios racionales y adecuados a la evidencia médica (soy consciente de lo difícil que es ponerse de acuerdo en eso y lo variable que es pero cualquiera que pase consulta sabe a qué me refiero) resistiéndonos de forma razonable, cada uno en su nivel, a pedir pruebas diagnósticas no justificadas, a no indicar intervenciones sin beneficio claro o de complacencia, a prescribir medicación que realmente no haya demostrado ser eficaz, a dar bajas sin motivo clínico, a medicalizar problemas no médicos o síntomas menores.


Qué hubiera ocurrido si nuestras instituciones representativas (colegios, sociedades científicas) hubieran sabido tener un discurso claro, inteligente y honesto sobre lo que puede y no puede ayudar a mejorar la medicina y a qué precio, no contaminado por intereses políticos o económicos o ideológicos. Qué hubiera ocurrido si todos hubiéramos sido más valientes y no hubiéramos justificado la medicina defensiva o la evitación de conflictos. Si no nos hubiéramos callado frente a gestores incompetentes o usuarios rentistas o medidas organizativas que desde el principio sabíamos abocadas al desastre. Si simplemente hubiéramos aplicado el método científico a nuestras conductas y hubiéramos exigido una información precisa de nuestras actuaciones, por ejemplo teniendo acceso a los datos de morbi-mortalidad de nuestro hospital o centro de salud o pais. Si hubiéramos actuado como el fiscal le exige al Dr. Murray.


Podríamos especular con lo que se podría haber ahorrado si hubiéramos atendido los problemas de una forma ponderada, con los recursos máximos para los graves o complejos y recursos mínimos para los que se resuelven solos. Podríamos fantasear lo que quisiéramos pero el mundo en que vivimos es como es. Y los médicos solo somos parte de una sociedad que funciona como funciona. Y como el Dr. Murray no dejamos de ser empleados con bastante miedo de llevar la contraria al jefe que nos emplea porque nos jugamos mucho en eso. Y por desgracia el tiempo ha demostrado que ser independiente y manifestarlo termina teniendo un precio muy alto y es más fácil dejarse empujar por el viento de lo que haga la mayoría.


Pero estas especulaciones nos llevarían muy lejos y entonces quizá nada hubiera ocurrido. Porque es ese caso los financieros no hubieran querido enriquecerse a cualquier precio, y los que tendrían que haberlos controlado hubieran hecho bien su trabajo y la gente inteligente y honesta hubiera estado en los puestos que le correspondían y quizá no arrumbados o amargados. Y no habría crisis económica y viviríamos en una próspera sociedad abierta no amenazada por el desastre.

martes, 9 de agosto de 2011

Antoñito



Eran mis primeros tiempos en Madrid (quizá 1978) y colaboraba con un periódico de Ciudad Real que duró poco tiempo, así que me pasé por la Casa de la Mancha que estaba cerca de Sol porque me había enterado que iba a haber una reunión de artistas y escritores manchegos. Recuerdo que el sitio parecía realmente un casino de pueblo manchego con sus olores a tabaco rancio y a fritanga, la luz un poco mortecina y los hombres solos que ojeban una y otra vez un periódico pasado de fecha o se juntaban para echar una partida interminable. Pero allí estaba Antonio, Antoñito le llamaba todo el mundo con una familiaridad que me parecía excesiva pero que era coherente con su actitud y aspecto. Era ya muy famoso y pertenecía a la cuadra de la Marlborough desde hacía muchos años pero se comportaba como alguien muy tímido que quiere pasar desapercibido y que intenta ser afable y modesto con todo el mundo. Vestía con desaliño, como un agricultor manchego en la taberna después de terminar el trabajo y haberse lavado un poco la cara y las manos. Allí estaba otra gente como Eladio Cabañero también desaliñado, ejerciendo de manchego con uniforme de pantuflas que lucía a menudo por el Gijón aunque llevara muchos años en Madrid. También estaba García Pavón, al que luego hice una entrevista que no publiqué, del que había leído mucho y admiraba sobre todo por "Los liberales", un libro que refleja un mundo amable y extinguido que hubiera podido ser una tradición habitable. Con Felix Grande constituían el grupo de tomelloseros ilustres que había conseguido triunfar en Madrid.


Trato de recordar ese día y si crucé alguna palabra con él. Por aquella época su pintura figurativa no era muy valorada entre los que querían ser modernos y abstractos o estudiaban Bellas Artes. Aunque creo que todos lo envidiaban en secreto sobre todo porque era un pintor consagrado, lo que todos querían ser aunque en ese momento lo negaran con discursos que impugnaban la mercatilización del arte. También porque su pintura y el discurso con el que la sostenía (en eso no era modesto ni débil) era neto, sólido, poco influenciable por las modas circunstanciales tan frecuentes en aquella época y en lo que vino después. Antonio era un pintor seguro de sus cualidades y de su oficio, que sabía el mundo que quería reflejar y se dedicaba a ello en alma y cuerpo, como quien se sabe elegido para una causa.


Recordé esto viendo la impresionante exposición que le dedica la Thissen. Impresionante por su maestría y también por el mundo que acierta a reflejar. En sus cuadros está una cierta España profunda que a mí me perturba y de la que me he pasado huyendo toda la vida. Es como si de niño su sensibilidad le hubiera procurado una visión que ya no le ha abandonado nunca: un mundo de espectros tras la aparente realidad al que miran ensimismados los ojos de todas sus esculturas, incluida la que lo representa todavía joven pero ya viejo, como un campesino sin edad y sin futuro siempre amenazado por la calamidad y una muerte que no acaba de llegar del todo pero que ha conocido y le espanta desde niño porque no ve distracción posible. Por eso los cuerpos esculpidos, incluso los de los niños, parecen muertos y no tienen ni un atisbo de erotismo, ni esperanza, ni casi vida.


Curiosamente la representación de objetos o fragmentos de ciudad o de casas contienen mayores reflejos de vida: la que queda en cualquier ambito cuando pasa el tiempo y la gente, cualquiera que sea su condición o estado. En una ventana de un piso queda reflejada la vida de la emigración pobre y fracasada; en un urinario sucio, la desesperanza de los bares de hombres solos y vencidos; en una alacena, el mundo asfixiante de la postguerra con los espectros de las niñas muertas de tuberculosis; en los retratos, el mundo todavía amenazado de los años cincuenta pero ya con un germen de esperanza; en los grandes cuadros de Madrid la ciudad como posiblidad permanente en la que es posible refugiarse si se sabe mirar.


Las rosas y los membrillos se salvan de la devastación y son la única fuente de belleza, el único descanso que parece permitirse un hombre que por otro lado salió hace décadas de ese mundo, que ha vivido en grandes ciudades modernas, que debe haber frecuentado ámbitos sofisticados, que probablemente ha sido razonablemente rico y valorado. Pero que parece preso de un personaje y de una querencia que lo atrae fatalmente y quizá lo haga sufrir. Sus cuadros poseen la tecnica de muchas generaciones de pintores geniales pero el mundo que reflejan es fijo como el de Hooper o el de Rulfo. Contemplándolo uno añora la alegría, el aire fresco, lo mondaine, las mujeres bellas, la playa, los niños sonrientes, las canciones de los Beatles. Y decide de nuevo huir de una vez de todo eso de todas las manera posibles. Olvidarlo para siempre.

miércoles, 27 de julio de 2011

Aluisse


Releo al lado del mar los avatares de lady Chatterley, el trayecto de su cuerpo desde aquellos años en que conversaba incansablemente con los muchachos y solo después los besaba con los ojos cerrados, fingiendo amor para seguir siendo libre de conversar con otros, sin demasiadas ataduras todavía, porque "las charlas, las discursiones eran lo más importante; hacer el amor y las relaciones afectivas eran solo una especie de reversión primitiva. Después, una se sentía menos enamorada del chico y un poco inclinada a odiarle, como si se hubiera entrometido en la vida privada, en la libertad interior". Sin embargo su cuerpo indicaba que "l´amour avait passé par lá", se redondeó sutilmente y su expresión adoptó el aspecto emotivo y triunfante de un rostro que cree tener la vida por delante.


Todo cambió con la guerra y con lo que la guerra hizo con tantos jóvenes que habían acudido alegremente a su llamada. Jóvenes como Clifford Chatterley, un aristócrata aficionado a las letras con el que se había casado precipitadamente antes de que partiera para el frente, y al que solo volvio a ver como un paralítico que ya había perdido para siempre la conexión con el mundo. De pronto se vió aislada en una mansión decadente al lado de una mina, escuchando estériles tertulias de intelectuales mediocres que habían perdido el rastro de la vida y solo soñaban con el dinero y la fama aunque tenían palabras para justificarlo todo. Poco a poco se fue asfixiando y una noche fue consciente de que su cuerpo había cambiado, de que se estaba consumiendo. Y su delgadez sin brillo la asustó como la evidencia de su infelicidad, de la lejanía de todo lo que consideraba auténtico, como el espectro de una vejez prematura a los 27 años por culpa del descuido y la renuncia. Luego todo volvió a cambiar con Mallors, el guardabosques, un hombre entonces muy delgado ...


La novela es un relato sobre los cuerpos, sobre cuerpos de diferentes volúmenes que expresan emociones o tratan de ocultarlas, que desean o están inhibidos, que permiten o limitan conductas, que sienten o están anestesiados, que se resignan o pugnan, que aman o renuncian. Cuerpos rotos no necesariamente en lo que parece más evidente. Cuerpos con más o menos músculo o grasa pero solo como consecuencia de un hábito, de un trabajo, de una edad, de una clase social, de una tragedia personal, de un pasado, de unos intereses, de unos deseos, de una disciplina.


Cada vez observo con más estupor la obsesión por el peso que percibo a mi alrededor. No solo las muchas personas de todas las edades que diariamente me piden una dieta, sino la publicidad continua (de la que no son posibles las vacaciones) en todos los medios de comunicación de un cuerpo inalcanzable para la mayoria de la gente. Saludos en los que la primera frase siempre está relacionada con el peso (¡que delgada estás! o ¡qué barriga tienes!); conversaciones sobre la comida en términos restrictivos, proyectos de mejora emocional relacionados con la talla del vestido. Por no hablar de la industria médica en todas sus versiones. El escándalo frecuente del negocio fraudulento sobre gente vulnerable; la amplificación de los riesgos y de los márgenes de normalidad para incrementar las posbilidades de negocio y de influencia; la infantilización de los pacientes; las prescripciones de dietas imposibles, con moralina incluida, que llenan de culpa contraproducente; la falta de conocimiento, recursos y motivación para abordar la obesidad realmente patológica.


Nutrirse adecuadamente, ese sería el concepto. Tener no solo la disciplina para ingerir un número de calorias adecuadamente relacionado con la edad y la actividad física sino también haber acumulado la sabiduría de saberlas cocinar y comer para disfrutarlas como el mejor gourmet. 1750 calorías, si hay que perder peso, o las que se necesiten, consumidas con sosiego y una ceremonia reparadora. Con música al gusto (¡y no un maldito telediario!), con la mesa bien puesta, con una agradable conversación si es posible. Comiendo lento aunque se tenga prisa, literalmente suspendidos en el tiempo, como en una actividad zen.


Pero nutrirse es también, según la segunda acepción del DRAE, "aumentar o dar nuevas fuerzas en cualquier línea, especialmente en lo moral". Lo que comemos no solo depende de malos hábitos o de la publicidad, es también un reflejo de nuestro ánimo, de cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con el mundo. La variacion del apetito es una respuesta conductual a los problemas y retos de la vida y también un reflejo de nuestros recursos para afrontarlos. Por eso son más frecuentes en las crisis del ciclo vital o en situaciones de estrés o de aburrimiento o de soledad. Y por eso es esencial consumir nutrientes para limitar los daños que nos producen e incluso intentar crecer a partir de ellos.


Creo que alguna vez leí una frase atribuida a Goethe que decía: cada día hay que escuchar una bella melodía, contemplar una bella pintura y leer un bello texto. Actualmente podríamos añadir el ver una buena película. No me parece un mal consejo por eso intento practicarlo y recomendarlo sistemáticamente, sobre todo porque ahora eso está al alcance de la mayoría de la gente de forma muy fácil. Es sencillo leer cada día un poema, por ejemplo, en Poemas del alma, ver películas o series en múltiples webs o comprarlas en el kiosko o escuchar música en Spotify. Y si no se sabe muy bien que ver o leer o escuchar recomiendo comenzar con Lo que Sócrates le diria a Woody Allen o La cultura: todo lo que hay que saber o La historia del Arte de Gombrich acompañado de este regalo de google. Despues de leer La conquista de la felicidad y la Carta a Meneceo es fácil internarse en el bosque de Ignoria y desarrollar un gusto propio para seguir nutriéndose a lo largo del tiempo.


Sin embargo hay algo previo. El cuerpo, nuestro cuerpo, el que realmente tenemos precisa un respeto. Hay que aceptarlo y escucharlo. No intoxicarlo con comida basura y tampoco con entretenimiento basura. No despreciarlo. Respetar sus ritmos y sus tiempos, ejercitarlo para que sea ágil y para que sienta. Conquistar desde él, para él un proyecto de vida en el que se encuentre a gusto, en el que pueda amar y trabajar. Vivir con intensidad y consciencia.


lunes, 13 de junio de 2011

Soñadores


La vida desde el sillón rojo. Desde él me asomo a la ventana y navego por el mundo, por el tiempo. También leo y escribo diarios o cartas, otra forma de escribir diarios. Casualmente mientras ocurría la acampada de sol estaba leyendo los recientemente publicados diarios de Susan Sontag (Renacida). Es fascinante observar como brota el" apetito faústico" en una chica de quince años, como quiere apropiarse de todo, saberlo todo, oir toda la música, vivirlo todo. Como hace listas de libros por leer, de actividades, de certezas, de juicios implacables a todo el mundo y todos los libros. Todo en caliente, mientras está pasando, lo que al lector le produce en ocasiones lo mismo que a su hijo: dan ganas de advertirla, de recomendarle paciencia o que desconfíe de algunas palabras o de algunos tipos que con el tiempo se han sabido poco confiables a pesar de sus magníficos argumentos. Las leo a la vez que las cartas a Louise Colet de Flaubert que tanto sirvieron a Nabokov para explorar Madame Bovary y que muestran a otro jóven seguro de sus cualidades y también extrañamente impedido para las relaciones sentimentales que, sin embargo vive con pasión. Las combino con las cartas al castor de un jóven Sartre también invadido de capacidad y energia, seguro de lo que ya era, aunque pasara frío y privaciones en un cuartel durante la guerra. Lo observo exhibirse ante Simone de Beauvoir que lo admira y le escribe a diario trabando la relación privilegiada que tuvieron siempre. Observo sus palabras, las constantes y las diferencias de tres personas que tratan también de construirse, de sustentarse en el mundo.


Dice Susan en una entrada del 3/01/1958: "Ninguna máscara es del todo una máscara. Escritores y psicólogos han explorado el rostro como máscara. No es tan bien apreciada la máscara como rostro. Algunas personas sin duda usan en efecto su máscara como revestimiento de las ágiles pero insoportables emociones que hay debajo. Pero sin duda la mayoría de la gente lleva una máscara para borrar lo que está debajo y se convierten solo en lo que la máscara representa. Más interesante que la máscara como ocultación o disimulo es la máscara como proyección, como aspiración. Con la máscara de mi comportamiento no protejo mi verdadera identidad en carne viva, la supero."


Cambiarse a sí mismo, cambiar el mundo, una posibilidad siempre latente en occidente desde la Ilustración. Renacer, dejar emerger el autentico yo eclipsado por las exigencias sociales que alienan al hombre, que lo alejan de sus autenticas aspiraciones. Escuchar la voz de la intuición, de la pasión, de la naturaleza. Conquistar la felicidad haciendo la autentica revolución que nos haga a todos iguales y satisfechos. Rebelarse contra las normas sociales, contra la cultura dominante que nos convierte en siervos infelices, en muertos en vida. Libertad frente a seguridad, desorden frente a orden, radicalidad, acción directa, democracia verdadera autogestionaria. Rouseau frente a Hobbes. Una pulsión humana que ya latía en los cínicos, en los goliardos, en las vanguardias del siglo XX, en el mayo del 68, que persiste en los okupas, en ciertos ecologismo, en la new age, en los antisistema, en los orientalismos …Pero ¿cómo cambiar el mundo?, ¿cómo cambiarnos a nosotros mismos?, ¿hacia donde?. ¿Podemos prescindir de las paradojas que ya sabemos que produjeron tantas buenas intenciones?.


Recalo en la polémica Marcuse-Brow de 1966. Ambos asumen que a pesar del desarrollo económico el hombre es víctima de un estado de opresión, más o menos opaca, que lo hace sentirse insatisfecho, infeliz, fuera de sí, alienado en terminología marxista. Sin embargo las diferencias se dan en la identificación del origen y en la estrategia de liberación.


Herbert Marcuse en Eros y civilización asume que el origen de la represión está en el rechazo del placer y en la represión de los instintos. Y cree que el origen de tal represión es histórico. Siguiendo a Marx piensa que es la escasez de medios de subsistencia lo que la origina, lo que impide dedicarse al juego o al goce, lo que termina derivando en la dominación del hombre por el hombre. Pero le parece que, aunque la supervivencia precisa de un cierto nivel de represión básica para dedicar la energía a las necesidades sociales de supervivencia, en las socidades avanzadas hay un exceso de represión sobre el individuo por parte de los demás o del estado. Así postula cambios sociales y la importancia de mantener un estado de abundancia.


Norman O Brown en El cuerpo del amor opina que la causa de la represión es la conciencia y el rechazo de la muerte. Eso haría que el hombre niegue el cuerpo, sus potencialidades y sobre todo el sexo. La historia del hombre sería la de la dialéctica vida muerte y llegado a este punto solo quedaría aceptar la vida en su totalidad asumiendo que eso implica la muerte como una fase natural del proceso biológico. Para aceptar y gozar la vida habría que construirse un yo dionisiaco, desarrollar las potencias instintivas del cuerpo, la sensualidad, la pasión…Ese cuerpo exaltado, entusiasmado (entusiasmo, del griego ἐνθουσιασμός, poseído por un dios), por fin liberado, no tendría miedo a la muerte. Pienso en la parte de verdad que hay en eso y en como colaboramos los médicos, a través de la inoculación del miedo en los cuerpos todavía sanos. Cuerpos controlados y normativizados desde el principio, como si solo hubiera un estilo de vida posible.


Acabo de ver, otra vez, Soñadores, la magnífica película de Bertolucci que me lleva al mayo del 68 y de nuevo a la acampada de Sol y a las ideas que se han ido ventilando allí esos días. Veo a los jóvenes de la película que quieren ser "puros y duros" pero solo tienen deseos inmaduros y adoran a tipos como Mao que hacía ya dos años que había desencadenado la sangrienta revolución cultural. Como el padre de los protagonistas, muchos brillantes y oscuros intelectuales, como Sartre, a duras penas eran capaces de ver la realidad que tenían frente a sus narices lo que, en el fondo, les impedía soñar una vivible alternativa. Pienso en la heterogeneidad de las gentes que apoyaban el Mayo, como probablemente las que apoyan la acampada de sol. Desde los hippies a los jóvenes que derivaron a la violencia. Pero también los cambios reales en la vida cotidiana que se generaron, la estética, y las probablemente inolvidables experiencias para los que lo vivieron. Pienso en la resaca y en la llegada de poderes ultraconservadores que laminaron avances que solo entonces pudieron apreciarse. Especulo con lo que sabran de todo esto lo que están en Sol, si serán capaces de incorporar la experiencia histórica, si serán capaces de poner en marcha una esperanza que no ponga las cosas más fáciles a los diseñadores de las pesadillas.

sábado, 14 de mayo de 2011

Tiffany´s



El gato no tenía nombre y el piso apenas muebles, solo un teléfono perdido en una maleta desordenada y un sofá blanco con cojines rosas. Pero abría la puerta, recien despertada, con un antifaz con pestañas y unos tapones en los oidos de los que colgaba una borla azul, haciendo juego con el antifaz. Los zapatos estaban perdidos bajo la cama y la ropa desperdigada por cualquier parte, pero cuando emergía del cuarto de baño para ir a Sing Sing a dar "el parte meteorológico" a un ganster dulce , podía hacerlo con un sombrero esplendoroso y un vestido impecable. Nunca recibía malas noticias sin haberse pintado antes los labios y de vez en cuando, cuando comenzaba la mañana, todavía sin dormir y con el vestido de noche, necesitaba morder un cruasán frente a Tiffany para espantar la niebla del miedo de los "días rojos", porque allí creía estar a salvo de las cosas malas. Se consideraba un animal salvaje y había huido hacia Nueva York persiguiendo un sueño que se le escapaba como el dinero que le daban "los canallas" cada vez que iba al tocador. Sabía de amores que eran cadenas muy dolorosas de romper y por eso cambió de nombre y se llamó Holly queriendo ser otra que no era todavía del todo pero quizá más de lo que ella sospechaba. El que se decía su descubridor afirmaba que era falsa y verdadera a la vez porque creía honestamente todas sus fantasías, como si andara perdida en el camino correcto.


Paul era un escritor que no escribía porque creía haber perdido algo esencial o quizá porque se había apartado de la vida que realmente deseaba. Mientras, no sobrevivía mal del todo como el jarrón chino de una dama amable de la alta sociedad que además de ponerle un piso se lo decoraba bellamente y le dejaba, de vez en cuando, cheques de mil dólares por los servicios prestados. Apaciguaba su angustia en la biblioteca pública mirando su único libro publicado mientras su máquina de escribir no tenía cinta con la que manchar los folios en blanco. Estaba cogiendo impulso pero no lo sospechaba todavía. Su talento solo necesitaba un gato y una vecina que organizara fiestas tumultuosas y cantara "moon river" con una guitarra en el voladizo de la azotea. Un día jugaron a hacer cosas que no habían hecho nunca y Nueva york comenzó a cantar esplendorosa al ritmo de aquel abrigo naranja que tiraba de Paul hacia lo que siempre había buscado. A veces encontrar el verdadero amor es tan dificil como buscar un gato en la lluvia. Pero mientras lo hacían Paul comenzó a escribir cuentos en New Yoker y Holly perdió un matrimonio con un magnate brasileño por culpa del "parte meteorológico". Al final el gato aparece y el animal salvaje decide pertenecer a alguien no sabemos por cuanto tiempo, ni tampoco si desaparecieron del todo los "días rojos" o la angustia de los folios en blanco. Pero necesitamos películas como ésta para seguir pensando que los perdedores ganan algunas veces y que una chica puede comprarse trajes de Givenchy con las propinas del tocador. O que merece la pena mostrar ciertos abalorios porque nuestros gestos, nuestros gustos, incluso nuestras rarezas, conforman lo que queremos ser, otra forma de llamar a lo que en realidad somos y lo único desde lo que pueden surgir los momentos felices. O que la vida contiene todo lo que nos pasa porque a veces la alegría surge tras la angustia y nos pertenece tanto como ella.


Otto Rank aquel psiconalista reprimido al que Anais Nin enseñaba a bailar en los clubs jazz de Nueva York se distanció de las tesis de Freud y afirmó que la forma en que batallamos por nuestra independencia determina el tipo de persona que somos. La mayoría de la gente (los adaptados) con una voluntad (análogo rankiano para del poder del ego) débil se adapta y aprenden pronto a obedecer a la autoridad y a aceptar los códigos morales y sociales existentes. El precio sería la pasividad y el aceptar ser siempre dirigido por otros. Los neuróticos tienen una voluntad más fuerte que la mayoría y les cuesta plegarse al domino externo o interno, incluso llegan a establecer un conflicto contra la expresión de su propio ego. Sin embargo les falta fuerza y terminan constantemente preocupados y culpabilizados de su falta de voluntad. Pero para Rank se encuentran en un nivel de desarrollo moral más elevado que los adaptados. Por fin los que llama productivos, donde incluye a los artistas o a los genios creativos de todo tipo, son conscientes de sí mismos, se aceptan y se autoafirman creando un ideal que les sirve como guía positiva para la voluntad. Así primero se crean a sí mismos y luego intentan crear un nuevo mundo a su alrededor identificándose con la voluntad colectiva de su cultura.


Holly y Paul serían fácilmente catalogados de neuróticos, como Woody Allen o el personaje protagonista de la última película (Medianoche en Paris) que acabo de ver con gran placer esta noche. Y, desde luego Truman Capote o muchos artistas más. Dudan en principio de su propia capacidad y no saben muy bien a donde van pero intuyen un horizonte mejor y por momentos consiguen dar color a la vida. A veces necesitan un Tiffanys para refugiarse del miedo a la soledad o a estar equivocados y un poco apartados del rebaño. A veces crean novelas o películas o estéticas que constituyen el refugio de otros que también tratan de huir de tiempos o mundos actuales que no les gustan. Aunque, como dice un personaje de la película de Woody: casi siempre el presente en apariencia más fastuoso ha solido ser incómodo o insuficiente para los que lo vivieron en esa época y lugar. Quizá porque la felicidad, como el amor suelen escabullirse con demasiada facilidad, como los gatos en la lluvia.


Coda. Aquel chico erraba algunas tardes por las calles de su ciudad y buscaba la vida, que no encontraba a su alrededor, en los escaparates de las librerías. Casi siempre se paraba en los dos, del tamaño de un ventana grande, de una librería de la plaza mayor llamada Aspa. Año tras año esa librería que combinaba lo que era necesario tener para sobrevivir con sorprendentes libros de buena literatura o ensayo había permanecido allí, garantizando también una segura reserva de cuadernos de tapas de hule para sus diarios. El otro día, más de treinta años después, se dio cuenta, en otro paseo, de que había cerrado y de que quizá no volvería ver mas a su silencioso dueño escuchando ópera en una silla de playa. Recordó Tiffanys porque más de una vez había encontrado allí el texto adecuado para mitigar los "días rojos" . Y se sintió inconcebiblemente sorprendido de que algunas cosas no duraran siempre.



sábado, 9 de abril de 2011

Evitación


Muy a menudo los médicos de familia nos quejamos de que nuestras consultas están atestadas de pacientes que demandan por problemas menores con cada vez más premura y ansiedad. Desde personas con síntomas de un catarro banal de corta evolución que exigen ser atendidas de forma urgente o acuden directamente a las urgencias hospitalarias hasta otras, con síntomas de enfermedades crónicas como dolor de espalda mecánico por artrosis, que exigen ser remitidas una y otra vez al especialista correspondiente para realizarse pruebas (la “resonancia” es ahora la palabra totem) porque no toleran el no estar asintomáticos o temen tener "algo malo" . A esto se une, cada vez más, una mayor afluencia de malestar psicológico ligado a problemas frecuentes de la vida para los que se pide tratamiento médico y psicológico. Otros muchos acuden, aún encontrandose bien, a realizarse controles analíticos ("lo más completos posibles"), cada vez desde edades más jóvenes, muy preocupados por la posibilidad de que les ocurra algo si no se los hacen con creciente periodicidad. El resultado es el crecimiento de una población cada vez más medicalizada, consumidora de fármacos, pruebas diagnósticas y opiniones de especialistas de todo tipo que no parece estar cada vez mejor sino que, por el contrario, aparenta estar cada vez más asustada, ser más dependiente, con cada vez más problemas iatrogénicos y con la vida más limitada e invadida "de facto" por las enfermedades que se trataban de mejorar o prevenir.

Muchos médicos tenemos la sensación de que la mayoría de estas intervenciones son inútiles y de que nos quitan tiempo y energía para atender con sosiego los casos auténticamente patológicos o realizar las actividades preventivas que realmente podrían beneficiarse de nuestra intervención. A veces culpabilizamos a los pacientes y achacamos al "todo gratis" o a las deficiencias de la educación sanitaria o al “sistema” una parte de estos males. Otras, atribuimos a los políticos falta de valentía para implantar reformas "auténticamente eficaces" (se supone que las hay) para acabar con el abuso del consumo inadecuado de servicios sanitarios. Pero el hecho es que cada día recetamos la mayoría de los medicamentos que nos ponen encima de la mesa, aunque sepamos que son ineficaces, porque algún otro médico los ha prescrito previamente o simplemente porque el paciente nos lo pide con insistencia; derivamos a especialistas sin justificacion clínica o pedimos pruebas diagnósticas innecesarias solo porque percibimos que si no lo hacemos el paciente no va quedarse tranquilo o nos va a crear problemas. Por otro lado participamos en toda la parafernalia de la medicalización y la creación de demanda social excesiva de mil maneras diferentes entre las que destaca la actividad de nuestras sociedades científicas o periódicos profesionales, cada vez más, una extensión de los objetivos de marketing de empresas con intereses económicos en el sector sanitario.

Muchos médicos de familia estamos frustrados de esta situación y damos palos de ciego haciendo poco más que gimotear autocompasivamente tomando café, sin acertar a comprender algunos de los procesos culturales y sociales que han creado el actual estado de cosas. Tampoco sabemos concretar que acciones podrían influir mejorar nuestro trabajo y nuestros resultados. Nos sentimos arrastrados por una ola que no podemos controlar lo que lleva inevitablemente a muchos, pasado cada vez menos tiempo, a una cierta resignación no exenta de melancolía.

Por eso me ha interesado el análisis del "malestar psicológico subclinico" que se hace desde la Terapia de Aceptación y compromiso en este manual recientemente publicado. En él se argumenta que aunque la experiencia del sufrimiento (entendido como volver sobre las penalidades de la vida tal como uno las vive y/o poner en el presente el sufrimiento futuro) ha sido historicamente aceptada como parte intrínseca de la vida actualmente se trata por todos los medios de evitarla. Así aspirando a no sufrir nunca y por nada se ha terminado sufriendo más y por más cosas. La paradójico es que actualmente vivimos, en el mundo desarrollado, en unas condiciones de más seguridad y menos dolorosas que nunca pero sin embargo parecería que nos encontramos abrumados por cada vez mayor sufrimiento generado por ese mundo diseñado para buscar la felicidad evitando el sufrimiento con todo tipo de remedios. El malestar psicológico por todo tipo de problemas de la vida cotidiana parece haberse incrementado a la vez que se han multiplicado los servicios psicológicos ofrecidos para limitarlo. Lo mismo podría decirse de los servicios médicos. Nunca la población ha estado más sana y sin embargo cada vez es mayor la preocupación y el consumo de todo tipo de servicios médicos innecesarios.

El libro especula ampliamente en como el lenguaje, algo específicamente humano, parece estar en la base del sentimiento de infelicidad pero lo interesante es como pone de manifiesto el papel jugado por los valores sociales en alza en los últimos decenios, magnificados por los medios de comunicación, que han llegado a han equiparar salud a felicidad. Es decir, a identificar como salud (un derecho planteado como factible) a ausencia de dolor, de conflictos, de preocupaciones a la vez que a la exigencia de cierto estatus social o económico y un determinado aspecto estético, lo que ha llevado inevitablemente a considerar como enfermedad la presencia de sufrimiento o malestar de cualquier tipo. Sentirse bien se ha contrapuesto a sufrir, a enfermedad mental susceptible siempre de algún tipo de tratamiento. El sufrimiento siempre sería algo anormal y se emparejaría con sentimientos de impotencia e incapacidad con lo cual se viviría como algo contrapuesto a estar en disposición de actuar para hacer lo que se desea en la vida.


Sin embargo es un hecho que cualquier existencia humana va a tener dificultades, que cualquier acontecimiento o acción va a promover sentimientos ambivalentes, que conseguir cualquier objetivo conlleva una parte de malestar, que no todo puede salir bien ni podemos evitar las pérdidas o los riesgos de la vida. La cuestión no sería tanto lo que a uno le acontece sino las reacciones a lo que a uno le acontece. Y en el contexto de lo que para uno es valioso elegir reacciones que eviten siempre el malestar podría llevar a malestar, a una vida más limitada, a enredarse en lo que ellos denominan el síndrome de evitación existencial. El resultado de una filosofía de baja tolerancia a la frustración y un hedonismo de corto alcance, conceptos utilizados en la psicoterapia cognitiva de Albert Ellis.


Así, volviendo a tratar de comprender lo que ocurre con el excesivo consumo de recursos sanitarios, tendríamos: un concepto de salud utópico que etiqueta como enfermedad cualquier malestar físico mental o social; una concepción del cuerpo que permite pensar que puede estar enfermo aunque se sienta sano o con pequeños síntomas; un concepto de prevención basado en el modelo de factores de riesgo según el cual la mayoría de las enfermedades podrían prevenirse atajándolos a tiempo; una población con bajo nivel educativo en aspectos sanitarios (lo que incluye poca capacidad de autocuidados), con cada vez más baja tolerancia a la frustración, a la que se hace objeto de continua propaganda destinada a crear demanda de consumo por distintos grupos con intereses en el sector sanitario; un sistema sanitario público concebido como una respuesta al derecho a la salud y como un servicio que puede ser usado como un bien de consumo por los que “lo pagan”; unos profesionales sanitarios formados exclusivamente como técnicos, expuestos a presiones contradictorias como ahorrar recursos, satisfacer al cliente, evitar demandas, progresar profesionalmente, mantener el estatus social, evitar conflictos, etc; unos responsables políticos sin visión a largo plazo (ni, en general, capacidad para tenerla) que usan la sanidad solo dentro de una lógica electoral lo que supone todo tipo de ocultamiento de datos o acciones necesarias y un debate bloqueado por posturas cerradas e ideológicas o interesadas.


Podría seguir. Pero es sábado y la tarde es suave, luminosa y prometedora. Y a medida que escribo percibo que la ola es demasiado grande, mis conocimientos tan limitados y la vida tan corta como para hacer algo más tratar que de no deteriorarme demasiado en una situación que por otra parte puede empeorar en estos tiempos de crisis. A demás de todo esto ya escribió con mucha mayor elocuencia Bertrad Russell en La conquista de la felicidad.

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