domingo 5 de febrero de 2012

Médicos



Tenemos una idea sobre nosotros mismos. Quizá demasiado general para ser totalmente cierta. Sabemos que tenemos colores y a veces sospechamos el color de los otros y nos ponemos etiquetas que probablemente  son engañosas pero nos fragmentan.  También nos la ponen los que nos miran, los que nos piden ayuda o los que nos gobiernan . Quizá porque tenemos muchas especialidades y vestimos de verde o de blanco o trabajamos en hospitales o en consultorios rurales o en residencias de ancianos.

 Sabemos que entre nosotros  hay arrogantes y también tímidos; que algunos se vendieron a más de una causa y que otros han dado mucho de su vida  por la única que siempre han tenido. Algunos lucharon un tiempo y luego les pudo el viento en la cara y se dejaron llevar. Otros se subieron a trenes que pasaban a su lado porque pensaron que era su unica oportunidad para llegar a algún sitio o para salir de otro que no les gustaba demasiado.  Algunos hiceron fortuna en la política, otros se apuntaron a una ONG. Algunos hacen los mejores trasplantes de Europa, otros viven aislados en un pueblo perdido y mantienen el tipo cualquier noche de lluvia sin demasiado sentimentalismo, ni capote para resguardarse. Hay gente que estudia mucho y quien nunca estudió demasiado aunque llegar aquí no es fácil, no nos engañemos, solo basta mirar a esos chicos que el otro día se presentaron al examen MIR. Y que cuatro o cinco años después quizá se anegen en un mar donde no podrán demostrar su talento.

Sabemos que entre nosotros hay aprovechados y chamanes de otros tiempos que juegan con el prestigio de una profesión muy antigua,  donde hemos sido de todo a lo largo de la historia. Fuimos los medicos de todos los reyes y  de algunos poetas; de dictadores y de subersivos; apuntalamos el poder pero también a los que lo combatían. Fuimos de todos los colores, como ahora mismo. Porque estamos en todos sitios y somos muchos.  Es lógico que así sea porque tenemos tantos colores como la gente tiene. Y por cada estupido hay alguien especialmente inteligente; por cualquier cobarde hay alguien con un valor muy acreditado; por cualquier inmoral hay alguien que siempre trató de ser justo; por cada sectario hay alguien tan  independiente que aplica el método científico también a lo que oye a su alrededor y sobre todo a los hechos. Entre todos hemos ayudado a construir un sistema sanitario que ahora parece correr peligro, que amenaza con fragmentarse en mil pedazos; donde se quiere utilizar un idioma para chantajear a un paciente o donde pudiera ser que un mismo cáncer se trate con terapias de distinto nivel en según qué sitio. Vivimos un tiempo donde una crisis económica puede ser utilizada para llevarse por delante derechos muy valiosos. Y quizá haya desalmados esperando para aprovecharse de este río revuelto.

Ha llegado el momento de ser benignamente corporativistas. De ponernos serios. De olvidar lo accesorio. De centrarse en lo importante y dejar de lado los colores, las antiguas rencillas, las envidias, los malentendidos, las luchas de poder. Hay que situarse en esa intersección civilizada donde  existen ciertas cuestiones que no pueden permitirse, que son sagradas.  Cualquier  gobierno legítimo tiene derecho a cambiar muchas cosas pero, si es democrático, solo de cierta manera. Tiene que haber información y razones. Transparencia, lógica y empatía. No desinformación interesada.  Si hay que ahorrar hay que hacerlo de lo accesorio, que también sabemos demasiado bien, que es un territorio muy amplio todavía y que quizá se aumentó en exceso estúpidamente. Pero hay cosas esenciales: nadie realmente enfermo debe quedar sin atender por no tener dinero o influencias o ser de otra comunidad. Somos ciudadanos de Europa, un territorio que tuvo un siglo XX especiamente turbulento en el que, por cierto, algunos torbellinos sangrientos comenzaron también con una crisis económica. Y este pais sabe de tiempos donde el derecho a ser atendido con eficacia no estaba garantizado.

Es el momento de hablar claro. De que nos hablen claro. De que nos hablen los mejores: en esta situación, como en nuestro oficio, cuando hay algo importante  no valen los aficionados y estamos hartos de floreros. A los que toman las decisiones hay que exigirles que al menos las justifiquen con un cierto nivel literario y con una  adecuada curva de aprendizaje. Que no jueguen a desinformar, ni con conquistas laborales que ha costado mucho conseguir, ni con sueldos que ha costado mucho consolidar y de los que no nos hemos quejado demasiado, como tampoco por lo que con ellos hemos contribuido al erario público.  En eso no hemos sido peores que otros colectivos. Comprendemos que un sistema sanitario puede organizarse de muchas maneras pero tiene que cumplir adecuadamente unos mínimos y ofrecer prestaciones de calidad para toda la población. También los que trabajan en él tienen que tener unos derechos que no pueden ser arbitrariamente alterados y que tienen que ser trasparentes y, en mi opinión,  fundamentalmente basados en el mérito.

No deberíamos dejar que nos trataran como simples marionetas, que nos redujeran a técnicos descerebrados que solo saben meter tubos o mirar gargantas o coser heridas.  Pertenecemos a un grupo historico en el han habitado cabezas como las de Santiago Ramón y Cajal  o Severo Ochoa;  como las de Gregorio Marañón o  Carlos Jiménez Diaz;  como las de Pedro Laín Entralgo o  Carlos Castilla del Pino. Como las todos los médicos que han contribuido con su esfuerzo a que este sistema sanitario sea el que es, aunque tenga defectos, aunque sea mejorable, aunque ahora haya que recortarlo un poco: pero siempre de lo accesorio.

Tenemos  la obligación de participar en el debate público en estos momentos: es el tiempo de hablar con argumentos racionales basados en hechos; de no pasar por ciertos aros; de ser inteligentes y honestos; de pensar en los médicos más jóvenes y también en los más viejos; de poder permitirnos mirar a la cara, en el futuro,  a los que de nuestros hijos  sean también médicos.   Es la hora de no dejar a la ciudadanía abandonada a su suerte, sobre todo a los más débiles. Es la hora de trasmitir que hay ciertos límites que no vamos a dejar que se traspasen fácilmente. Aunque tengamos  distintos colores o  distintas edades;  distintas religiones o no tengamos ninguna;  distinto estatus o distintas habilidades, es el momento de trasmitir a nuestros conciudadanos que por encima de todo somos médicos de un pais desarrollado  y   que sabemos ser independientes y fuertes defendiendo derechos esenciales que nos conciernen a todos. Es el momento de pensar, de hablar con fundamento e intentar  persuadir.También de ser prudentes y de no dejarnos engañar.  Es el momento de apoyarnos para no sentirnos solos. De ser benignamente corporativistas. 





lunes 16 de enero de 2012

Temblor







La chica  de la melena azul se deslizaba un poco nerviosa por la cinta mecánica. De vez en cuando trotaba un rato y se inquietaba cuando tenía que pararse porque un par de adolescentes, que hablaban en paralelo con risotadas, o un ejecutivo con dos maletas le impedían el paso por un momento, antes de que ella les tocara el hombro y sonriera, sugiriendo que la dejaran pasar. Por fin alcanzó las puertas de la terminal del aeropuerto. Siguió andando deprisa entre las tiendas y las cafeterías, entre el bullicio y la soledad de los zumos de naranja y los relojes caros, hasta una de las pantallas que informaban de las llegadas de los vuelos. 17: 30  Londres: había llegado a tiempo por un pelo. Los aviones reposaban como pájaros dormidos tras el inmenso cristal que tenía enfrente. Pensó que  un aeropuerto siempre había sido para ella una alegría de libertad y recordó lo que había disfrutado leyendo sola y mirando a la gente mientras esperaba vuelos y sorpresas. Se acercó a una tienda de informática que había al lado y se entretuvo mirando el escaparate. Se volvió nerviosa hacia la pantalla. Una cascada de palabras se deslizó por ella con naturalidad,  hacia abajo: en tierra, en tierra, en tierra, en tierra. Allí estaba él como cada mes desde que lo conoció en Portobello y le regaló los pendientes que ahora se acariciaba con una sonrisa de felicidad y los ojos cerrados.

Se había hecho tarde y no había preparado la cena. Los chicos jugaban al “pro” (ese maldito juego de fútbol)  en el salón, dando voces cuando metían un gol. Su marido no había llegado todavía. Encendió un cigarro y comenzó a hacer un sofrito. El olor del ajo y la cebolla chisporroteando en el aceite se extendió benignamente por toda la casa. El cocker dorado entró en la cocina moviendo la cola y dando ladridos. Ella recordó que no lo habían sacado  todavía y ya era muy tarde, siempre pasaba lo mismo. ¡Hay que sacar al perro!, gritó. Los chicos seguían voceando pero por sus goles, sin hacer ningún caso. Volvió a gritar un par de veces y a la tercera irrumpió en el salón haciendo aspavientos, realmente enfadada. Solo entonces uno de ellos se levantó de mala gana y se dirigió a la entrada donde estaba colgada la correa. Ella siguió con el sofrito mientras escuchaba el ruido del ascensor que acabó por desvanecerse con un golpe seco. Hizo una ensalada, picó patatas y batió unos huevos. Sacó de la nevera el fiambre. Puso la mesa. Sonó el timbre. Tuvo que salir a abrir porque el otro chico no dejaba la consola. Oyó al perro arañando la puerta con las uñas (¡hay que ver como la tiene!) y a su marido y a su hijo riendo a carcajadas. Se secó las manos en el mandil y giró el picaporte. Allí estaban los tres, siempre dejando las cosas para el final y ella, siempre tocándole hacer la cena.

La chica de la melena azul no hacía más que dar vueltas. Tenía el cuello largo como un vaso de leche, tatuado en un lado con una catarata de pequeñas estrellas asimétricas. Se tocaba cada vez más a menudo el topacio de los pendientes  y comenzó a pensar que algo pasaba. El vuelo de Londres parpadeaba y era el único  que no tenía la linea completa. En el lado derecho, arriba y abajo todos estaban "en tierra", resaltados en color rojo. Pero el vuelo 3724 procedente de  Heathrow que tenía que haber llegado hacía una hora tenía un hueco, como el vacío que se iba agrandando en su vientre. Oyó un sollozo un poco apagado. Vió gente se iba arremolinando en uno de los mostradores y ya comenzó a escuchar los primeros gritos. Notó como las lágrimas se deslizaban por su mejillas. Algunas se desviaron por su cuello, atravesaron las estrellas de su tatuaje y terminaron trémulas en la punta de aquel pendiente que él le había regalado hacia seis meses en Portobello.

La cena se estaba quedando fría y ella encendió el cuarto cigarro. Cada vez cenaban más tarde y a estas horas, estaba rendida. Fue al frigorífico y cogió un bote de cerveza. Metió el dedo en la anilla y  escuchó ese sonido chispeante que siempre la había relajado un poco. Estaba bebiendo el primer sorbo cuando sonó el timbre. El chico seguía enfrascado en la consola y tuvo que salir a abrir la puerta. Echó algo de menos pero no lo supo hasta que tuvo delante a los dos policías y a su marido que estaba llorando y le hablaba de un atropello mientras la abrazaba. No había oído al perro arañar la puerta. Estaba allí tendido, junto al felpudo con los ojos muy fijos y sus largas orejas doradas acariciando el suelo.

La mañana de invierno era fresca y transparente como un limón de cristal. Bajó la rampa de urgencias,  compró el periódico en el quiosco de al lado, penetró en el olor dulce de la churrería. Le gusto ver a la abuela partiendo las roscas y al resto de la familia afanándose por atender con presteza a los clientes que pedían cafés o chocolates con un número variable de churros.  Se sentó en su mesa del rincón preferido y dio un sorbo al café con leche mientras hojeaba el periódico y oía los ecos lejanos del televisor.  Pensó que en un bar como aquel siempre estaría a salvo de las cosas malas. Miró a través de la luna a un grupo de madres llevando a los niños al colegio, a parejas de ancianos que caminaban despacio hacia el centro de salud cercano, a una mujer en bata que barría dulcemente la puerta de su casa. Descubrió a un gato gris tomando el sol en el tejado de una casa del “barrio de la hormiga” y a una embarazada que paseaba sonriendo, abrazando dos barras de pan. Todo seguía en su sitio y el asfalto por el que avanzaba aparentaba ser tan sólido como siempre. Pero algo que le contaron anoche le hizo recordar que siempre caminaría sobre un puente colgante amenazado por el viento y con muchos tableros agrietados. Decidió olvidarlo y refugiarse en la intensidad de la mañana que se deslizaba lentamente sobre todo lo que todavía era posible y lo estaba esperando allí, al final de la punta de sus dedos.



domingo 8 de enero de 2012

Los peligros de los magos


Reconozco que cuando veo a los niños azorados, llorosos o risueños  en las rodillas de figurantes barbudos y con capas ribeteadas de falso armiño, en las puertas de los grandes almacenes o de los ayuntamientos, siento sensaciones extrañas, una leve incomodidad perturbadora.  Observo a padres o abuelos nerviosos tratando de animar a que los chiquillos vergonzosos les cuenten todos los regalos que desean,  mientras les echan fotos o graban en video el gran momento.  Suelo recordar que esas criaturas llevan casi un mes viendo anuncios incesantes por televisión que les animan a desear todo tipo de videojuegos, el maletín Nancy estudio de peinados o el peluche Gogo. También recuerdo esa sensación infantil de cierto resentimiento o incomprensión cuando al día siguiente,  al buscar ávidamente en los zapatos, se descubría que los magos no habían dejado la lista entera y siempre faltaba el anhelado Scalectrix  o la bici de carreras, a pesar de todos los  esfuerzos de bondad que se habían hecho.  Sensación que  aumentaba  al salir a la calle  y ver que los magos habían sido bastante más generosos en otras casas del vecindario, justo donde vivían las familias más acomodadas. 

Sin embargo parece haber un acuerdo social sobre la bondad de crear estas ilusiones y se montan cabalgatas con camellos y pajes y se niega, mientras se puede, que los reyes magos sean los padres e, incluso, muchos recuerdan la expectación de la noche de reyes, cuando ya son  mayores,  como  una de las mejores experiencias de su vida. Se aduce la importancia de implantar,en la inocencia de la infancia,  la fe en el poder de la ilusión,  la creencia en los milagros  de la fortuna más o menos inducidos por todo tipo de rituales o bolas de cristal, como algo fundamental para soportar las inclemencias reales de la vida. 

La creencia en utopias quizá se ancle  en esta capacidad que tiene el ser humano en distorsionar la realidad cuando le conviene. Es claro que para intentar salir de una situación inclemente hay que procurar imaginar otra mejor y aspirar acercarse a ella.  Pero hay que tener cuidado  con la ideología que se construye  porque, como ha demostrado el siglo XX, detrás de discursos elocuentes o bellas intenciones de igualdad,  prosperidad  o felicidad se han ocultado infiernos aún peores que los que se pretendían superar. Cualquier idea de mejora por muy bonita que quede en un papel debería pasar la prueba de la realidad, el experimento de observar si funciona con la gente real en el momento presente antes de implantarla de forma generalizada. Pero suele ocurrir que las utopias cerradas llevan adosada una ideología de la sospecha. Y cualquier persona que cuestione alguno de sus aspectos se convierte de inmediato en sospechosa de justificar el   injusto y execrable estado de cosas que se pretende superar. Lo que ha  conllevado, casi de manera automática, infaustas consecuencias. Una utopia quizá es siempre una distopia todavía no realizada.

Decía Borges aquello tan bonito de que "...un libro es una cosa entre  las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo hasta que da con su lector con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza , ese misterio hermoso que no descifran  ni la psicología ni la retórica..." Y ultimamente he sentido esa sensación, no tanto de belleza sino de fascinación por la lucidez del conocimiento que muestra, al descubrir 8 años más tarde de haber sido publicado  (lo que me obligará a buscar los cambios científicos que hayan podido producirse en este tiempo)  "La tabula rasa" de Steve Pinker.

En otras entradas exploraré algunas de las implicaciones que propone  este libro que cuestiona algunos de los mitos sobre los que se ha basado el pensamiento moderno:  la noción de "tabula rasa", la presunción  de que el ser humano nace sin mente, sin instintos y todo es potencialmente educable hasta convertirnos en iguales;  "el mito del buen salvaje" según el cual el ser humano nace con tendencias siempre benignas y es la sociedad la que le incita a la violencia y la maldad; el concepto del "fastasma de la máquina" según la cual hay un espíritu donde reside nuestra identidad que actua al margen de las condiciones y cualidades físicas de nuestro cerebro.  La tesis de Pinker es que basar buenas deseables intenciones de reforma social o personal  en mitos no sostenibles desde el punto de vista de la investigación científica, como negar el concepto de naturaleza humana puede llevar paradójicamente a hacerlas sumamente frágiles o a conseguir efectos indeseados.

Hubo un tiempo que me sentí fascinado por ese discurso de basar el sistema sanitario de un pais  en la idea de salud según la OMS ("estado de perfecto bienestar físico, psíquico y social, y no sólo la ausencia de lesión o enfermedad").  Parecía obvio que era preferible la idea positiva (salud) sobre la negativa (enfermedad). Parecía evidente que lo importante era invertir en  medidas preventivas, en educación sanitaria, en una intervención comunitaria que estimulara cambios  que llevaran  a una sociedad justa y por tanto saludable, donde todo el mundo fuera feliz. Hice cursos donde me hablaban de sistemas nacionales de salud perfectos, como Rusia o Cuba o Chile, donde se hacían programas de salud que torpemente intentabamos reproducir en ejercicios simulados.  Estuve de acuerdo  con una reforma sanitaria que asumiera que la atención primaria se tenía que basar sobre todo en la prevención y en la promoción de la salud más que en el diagnóstico y el tratamiento de los enfermos ( con lo que perdimos el prestigio clínico y el acceso a pruebas diagnósticas quizá para siempre). Me creí  la película del trabajo interdisciplinar y de los equipos de salud que iban a resolver todas las carencias históricas que había arrastrado la medicina general a la que había que cambiarle hasta el nombre .

Pero  la realidad, treinta años después, no ha sido exactamente la que esperábamos. Los paraisos de los que nos hablaban no lo eran  en absoluto. Los iluminados  que parecían conocer todos los secretos se convirtieron en torpes gestores que, salvo excepciones,  nunca supieron gestionar más que su propia y triste supervivencia.  La prevención se ha convertido en una gran negocio de medicalización y control social  para todo tipo de  grupos económicos que intuyeron un nicho de negocio o influencia sumamente rentable y fácil de publicitar a una población fascinada por el consumo. Y que, a día de hoy, cada vez hay más datos de que puede haber producido más mal que bien.  La salud se ha convertido en la legitimación de cualquier moralina más o menos bien intencionada pero insoportable en sus medios y en su estética  para ciudadanos libres e inteligentes de un pais democrático.

Paradójicamente (la atención primaria iba a ser la base del sistema sanitario) la formación de los médicos se ha sesgado progresivamente hacia la especialización y los recursos han migrado hacia la atención hospitalaria, lo que conlleva generalmente una atención con recursos máximos y por tanto la necesidad de  pedir múltiples y caras pruebas complementarias para solucionar los problemas más banales,  lo que a su vez alimenta las expectativas de la población (en un sistema gratuito) en hacerselas para cualquier malestar mínimo "no sea que vaya a ser algo malo".  La capacidad de curar se ha desplazado a los hospitales y a las máquinas, como de continuo publicitan todas las pantallas de las televisiones que nos rodean, cuando se suponía que iba a ocurrir lo contrario y la relación asistencial con el médico de familia iba a ser la base para estimular unos autocuidados inteligentes. Cada especialista prescribe, de forma casi automática, el mayor número de farmacos posibles para cualquier patología, convirtiendo la polifarmacia probablemente en el mayor problema de salud con el que ahora nos encontramos y que por cierto nadie está estudiando en serio en condiciones naturalistas, al igual que la iatrogenia de las intervenciones diagnósticas invasivas injustificadas.  El sistema sanitario español aparece fragmentado en múltiples subsistemas autonómicos que apenas comparten datos fiables, ni en muchos casos igualdad de prestaciones. Lo mejor es que todavía ofrece una atención gratuita   para todos los españoles y es muy eficaz para resolver  enfermedades agudas o complicaciones de las crónicas que precisen intervenciones especializadas.

Podría seguir pero me canso y noto que me pongo quizá demasiado tremendista y por tanto me alejo de la realidad y se me va el hilo de lo que quería argumentar. Las causas siempre son complejas pero creo que el haber montado un sistema basado en una utopía y con un discurso tan débil tiene algo que ver en lo que esta ocurriendo. La demanda se ha disparado y no se valora el coste de los servicios;  las listas de espera son eternas y no discriminan entre lo banal y lo grave;   la capacidad de autocuidado ha disminuido en vez de aumentar y se atienden catarros en los hospitales o se demanda un psicologo o un "fisio" para cualquier tropezón vital.  Y lo que es peor, esto hace que  patologías frecuentes potencialmente  graves se vean demoradas injusticada y peligrosamente y que, a pesar de la propaganda, los ciudadanos sigamos sin tener  la atención adecuada para una muerte con el menor sufrimiento y dolor posibles. Es decir se ha producido lo contrario de lo que se pretendía. Y encima ahora la crisis económica puede llevarselo por delante  porque cada vez hay más datos de que la fragmentación del sistema va a posibilitar una mayor facilidad para el desmantelamiento y la privatización de lo que hasta ahora hemos comocido, con lo que es posible que en poco tiempo una parte importante de la población pierda el acceso a  unos cuidados sanitarios de calidad. Es decir el discurso de la sanidad pública gratuita ha puesto las cosas muy sencillas a los que siempre quisieron  privatizarla. Una nueva paradoja.


Quizá alguien tendría que haber explicado a tiempo que un sistema sanitario tiene que centrarse en atender con la mayor eficacia las enfermedades de cierta importancia y solo intentar prevenir lo que esté muy claro que pueda y deba intentar ser prevenido porque vivir siempre tendrá riegos y es un riesgo mucho mayor el querer vivir sin ninguno. Y que es un privilegio que eso sea gratuito en un país, porque es muy caro y hay que cuidarlo mucho,  porque puede convertirse facilmente en no sostenible si se abusa de él. Lo demás es un problema de buena educación y de buena politica que procure ciudades más habitables; trabajos con condiciones más amables; códigos culturales menos alienantes; condiciones sociales que posibiliten la promoción de las más inteligentes y honestas cabezas que  comprendan y sean capaces de aplicar el método cientifico para la toma de las decisiones más diversas, intentando superar cualquier tipo de de sectarismo. 

Por todo eso merece la pena seguir trabajando porque, como dice David S Landes en "Riqueza y pobreza de las naciones",otro libro que quizá conviene releer en estos tiempos:

"Las personas que viven para trabajar (…y ven la felicidad como un producto derivado) son un élite pequeña y abierta al mundo, que surge espontáneamente  y está compuesta por gentes que tienden a ver el lado positivo de las cosas. En este mundo los optimistas se llevan el gato al agua, no porque siempre tengan razón , sino porque son positivos. Incluso cuando están equivocados son positivos, y esa es la senda que conduce a la acción, a su enmienda, a su mejoría y al éxito.  El optimismo educado y despierto recompensa; el pesimismo solo puede ofrcer el triste consuelo de tener razón.  La gran lección que  puede sacarse de lo dicho es que es necesario no cejar en el empeño. Los milagros no existen. La perfección es inalcanzable . No hay milenarismos. Ni apocalipsis. Hay que cultivar una fe escéptica, evitar los dogmas, saber escuchar y mirar, tratar de despejar y fijar los fines para poder escoger mejor los medios"

domingo 18 de diciembre de 2011

Hojas en el viento


Éste, aunque lo niegue el termómetro o el sol que aún persiste algunas tardes, es un otoño más frío, más gris y más melancólico que el de otros años. Como las hojas de los árboles a las que, tras cambiar de color, un soplo de viento como un escalofrío, las hace tomar conciencia de que su vinculación al árbol no era tan sólida como suponían y luego solo esperan ya ser arrancadas y fatalmente desprenderse ondulando hasta el suelo, este otoño caen sin pausa también los empleos como las hojas de los almendros, de los fresnos o los cerezos.

Todo comenzó hace casi cuatro años como un ruido de fondo persistente en los medios de comunicación sobre una crisis económica que no ha parado de crecer, luego se fue concretando en el rumor de un ERE en la empresa (“no pasa nada, llevo muchos años, cumplo mis objetivos, me llevo bien con todo el mundo”), al fin una llamada telefónica como otras de las tantas que hace el jefe al día:“Oye lo siento la empresa ha decidido prescindir de equis puestos y tu estás en la lista, dejas de trabajar con nosotros a final de mes”. Entonces comienza el descenso, el bamboleo en el aire, la sensación de incredulidad, de vértigo, de rabia incluso de culpa. “¿Que no he sabido hacer?, ¿en qué he fallado?, ¿me tuve que haber callado en aquella reunión?, ¿porque me ha tocado a mí? ¿porque han dejado a fulano si cumplía menos objetivos que yo? ". Hasta llegar al suelo: la mirada esquiva de los compañeros, contemplar a los chicos mientras duermen con lágrimas en los ojos, los intentos de tener coraje ( “no pasa nada, seguro que encuentro otro trabajo,lo he hecho otras veces, puedo volver a hacerlo”).

La consulta se me va llenando en los últimos meses de personas a la que les han ocurrido cosas así. Generalmente aducen en principio otros motivos: les duele la cabeza, la espalda o han ido a urgencias por un dolor torácico. Vienen muy preocupados, dispuestos a pensar que su malestar procede de una enfermedad que pueda atajarse con muchas pruebas, con una pastilla o con los cuidados de un "fisio". Muchos están entre los treinta y los cuarenta años y algunos son universitarios que nunca habían terminado de tener un empleo coherente con su formación ni por supuesto han estado bien pagados. Historiadores del arte que han sido despedidos como administrativos; ingenieros que cobran poco más de mil euros y les cierran la empresa después de años trabajando 10 o 12 horas al día; becarios eternos de distintas disciplinas en la universidad a los que se les va a evaporar la beca por los recortes; biólogos que trabajan de visitadores médicos y un día dejan de hacerlo por sorpresa y sin explicaciones; economistas subempleados con años en el extranjero y dos idiomas a los que marginan y minusvaloran, para que se vayan, en una pequeña empresa de provincias, de esas que según dicen son la esperanza económica de este país. Periodistas que despiden de diversos medios sectarios en los que nuncan querrían haber trabajado.

Hay otros: los currantes de toda la vida que han ido perdiendo el empleo en la construcción y a los que ya se les va terminando el seguro de paro; los chicos que abandonaron los estudios y ni siquiera llegaron a trabajar porque se perdieron en la niebla de la desmotivación y el nihilismo; los emigrantes que cuidaron a los viejos más difíciles y que ahora sienten la hostilidad de los mismos que antes los utilizaban para las tareas que ellos no querían hacer. Quizá pronto también lo pierdan algunas de las mujeres que trabajan en la ayuda a domicilio o muchos de los que trabajan desde hace años en diversos servicios sociales y quizá ni siquiera pudieron optar a consolidar la plaza. Hay muchos más incluidos los emprendedores que no han podido sacar adelante sus empresas porque sus clientes (la administración entre ellos) dejaron de pagarles hace muchos meses.

Albert Ellis en su Manual de terapia racional emotiva pone el ejemplo de la pérdida del trabajo para ilustrar su modelo de psicoterapia. Si alguien se siente deprimido o ansioso, no puede dormir y es casi incapaz de levantarse de la cama y lo achaca a que lo han echado del trabajo, hay que hacerle ver que esa no es la causa directa o automática de lo que le ocurre. No todo el mundo que es despedido en parecidas circunstancias sociales y personales se siente igual. La diferencia estribaría en como se lo toman, en lo que se dicen a sí mismos de lo que les ha ocurrido. Si piensan de manera tremendista ("nunca volveré a encontrar trabajo", "no debería haberme sucedido esto", "da igual lo que haga siempre tendré mala suerte"…) y se culpan a sí mismo o se atribuyen incapacidad ("no valgo para nada", "soy incapaz de mantener una familia", "soy débil e inepto para competir"…) es más probable que tenga emociones disfóricas y conductas autodestructivas. En cambio si tienen unas cogniciones más realistas ("es desagradable perder un trabajo pero voy a intentar prepararme y hacer lo necesario para conseguir otro", "no es mi culpa que me hayan echado o quizá cometí un error pero analizaré lo que ha sucedido y aprenderé para la próxima ocasión", "puede ser dificil encontrar un nuevo trabajo pero lo intentaré una y otra vez hasta que lo consiga", "trataré de disfrutar de la vida incluso en estas circunstancias sin anticipar acontecimientos y afrontando uno a uno los problemas reales que se vayan presentando") es probable que se sientan solo frustrados y con conductas activas y bien orientadas a conseguir superar la situación negativa que viven. Es decir A (el acontecimiento activador) no es directamente la causa de C (las consecuencias emocionales y conductuales). Lo determinante sería B (las creencias acerca de A).

Tengo el libro en las manos y veo que lo compré en Julio de 1990. Desde que lo leí he tratado de ayudar a mis pacientes aplicando estas ideas. En concreto a los que padecían un trastorno adaptativo porque habían perdido su empleo. Los he animado a mantenerse activos, a formarse más, a entrenarse en cuestiones prácticas (como ejercitarse en hacer entrevistas de trabajo), a no dejar de intentar seguir buscando trabajo sin nunca dejar que el fracaso afectara a su aceptación incondicional como personas. En muchas ocasiones he sido consciente de que en estos consejos ha existido una cuestión personal, quizá un ingénuo "cuento de la lechera" que creo que es compartida por muchas personas de mi generación. Fuimos hijos de familias humildes en las que quizá no había ningún universitario; nuestros padres fueron austeros y trabajadores para que nosotros estudiáramos; pudimos acceder a vivir en ciudades más grandes, en entornos más creativos y ricos culturalmente; incluso tuvimos todavía la posibilidad de sacar oposiciones de forma independiente y acceder a un trabajo estable, sin tener que debérselo a nadie, en distintos cuerpos de la administración o de trabajar en empresas en las que parecía valorarse la competencia profesional. Una fantasía meritocrática y progresista que tenía sentido en un pais tradicionalmente clientelar y en el que no era fácil sustraerse a este dicho tan castizo: "quien no tiene padrinos no se bautiza".

En el fondo, a pesar de mi afición a las novelas y películas negras, siempre he pensado que al final terminan encontrando un lugar mejor en el mundo laboral los que más se esfuerzan, los que tienen más conocimientos, más talento, más creatividad, más inteligencia, más capacidad de innovación, más honestidad, mejores manos: los que intentan hacer mejor su trabajo, sea el que sea, en definitiva. Cada día contemplo diferencias abismales en como desarrollan el mismo trabajo dos personas diferentes y siempre he pensado que hacerlo mejor (con todas las dificultades que tiene medir esto) debería representar una ventaja para encontrar un trabajo o para progresar en él. Por eso utilizaba las ideas de Ellis para estimular a los que me pedían ayuda porque me parecían coherentes con esa idea meritocrática que además me parecía profundamente democrática si partía del principio de igualdad de oportunidades, es decir desde una educación pública de calidad.

Sin embargo ahora encuentro que lo que más afecta a muchos de los parados con los que hablo es que tienen la sensación de que los han despedido sin tener en cuenta la calidad del trabajo que desempeñaban y que, por tanto, no saben si formarse más y aumentar su competencia va a servirles de algo para encontrar uno nuevo. Con los recortes desaparecen por mucho tiempo oposiciones para empleo público ya antes fragmentadas en multitud de autonomías(cuando no amañadas de alguna forma). Mientras que en el sector privado la tendencia es al subempleo casi humillante en empresas grandes y pequeñas. De nuevo parece pesar más de forma clamorosa conocer a alguien que te enchufe en algún sitio que el bagaje profesional que se posea. Lo que está haciendo que muchos de los mejor preparados estén huyendo a otros paises. Probablemente la profundidad de la crisis económica en España tenga que ver también con que en todos los niveles de la política se haya impuesto también el arribismo y no estén tomando decisiones trascendentales precisamente los mejores.

Imagino que Ellis diría que hay que seguir intentándolo y no dejarse arrastrar al desánimo, lo que además favorecería a los que más se benefician de este estado de cosas. Habría que tener un egoismo inteligente y estar abiertos al conocimiento para gozar más de la vida, para tener más recursos para sobrevivir, para saber analizar mejor los errores y no repetirlos, para intentar cambiar lo que no nos gusta, para cimentar mejor nuestro coraje. Hacerlo no asegura nada, pero no hacerlo asegura el fracaso y la melancolía. La historia ha visto muchos momentos malos, muchos peores que éste y en ellos ha habido gente que ha sabido persistir en saberes y actitudes que luego les han llevado a triunfar. Incluso tener un saludable optimismo como Karl Popper cuando escribía "la sociedad abierta y sus enemigos" en medio de la catástrofe de la segunda guerra mundial. Quizá haya que quedarse con su palabras para resistir el frío del invierno y comenzar a reaccionar paso a paso:

"Rechazad la fragmentación del conocimiento, pensad globalmente, no os dejéis sofocar por el crecimiento de las informaciones, rechazad el desencanto de Occidente y el pesimismo histórico, ¡ya que tenéis la suerte de vivir a finales del siglo XX! No caigáis víctima de la nada, ni del terrorismo intelectual, ni de las modas, ni del dinero ni del poder. ¡Aprended a distinguir siempre y en todas partes lo Verdadero de lo Falso". Karl Popper en conversación con Guy Sorman, en Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo, Seix Barral 1991

lunes 28 de noviembre de 2011

Steve Jobs


No confiaba en el buen gusto de los consumidores y procuraba fabricar los aparatos que le hubiera gustado gozar, los que les gustaría tener a gente que puede aumentar los márgenes de su creatividad con ellos. Le gustaba pensar que se movía en la intersección entre la tecnología y las humanidades, un territorio abierto a la innovación y al gozo, donde se conectaban diferentes formas de expresión del espíritu humano sutilmente relacionadas. Le parecía que un gran ingeniero no se diferenciaba tanto de un músico, un pintor o un poeta: todos tenían el anhelo de expresarse, de ampliar las fronteras de lo real. Todos se adelantaban a su tiempo y en alguna época compartían el mismo conocimiento como en el caso de Leonardo.


Se consideraba un rebelde, un pirata libre en la vida y en el mundo de los negocios, capaz de ir a contracorriente y pretender ganar. Toda su vida se sintió próximo al pensamiento oriental que había descubierto en la contracultura de los sesenta y que practicó con la intensidad con la que abordaba todo lo que le interesaba. Viajó a la india, fue vegano casi toda la vida, conoció el LSD, hizo dietas estrictas de manzanas o zanahorias para conseguir ciertos estados de conciencia; caminaba a menudo con los pies descalzos, meditó toda su vida y creyó sacar de ahí una energía primordial que conseguía focalizar en clarificar los objetivos que perseguía y en intentar conseguirlos con una determinación contagiosa. Se creía especial y trasmitía que lo era, que con él se era podía hacer posible lo imposible.


Creía en la fuerza de los objetos bellos, en la relación emocional que con ellos se establece, en la energía que desprenden y en como eso nos mejora la vida. Por eso perseguía obsesivamente la simplicidad (fue muy zen toda su vida) y la calidad exquisita aunque eso le hiciera perder dinero en un principio. Creía en las cosas bien hechas como le había enseñado su padre adoptivo y consideraba que no era banal que fuera perfecto y bello incluso lo que no se veía. Logró fabricar un cristal que ya no existía para la pantalla del iPhone; trajo una arenisca gris azulada de la Toscana para el suelo de sus tiendas; pintó de blanco puro las paredes de sus fábricas y de colores concretos máquinas que no se habían pintado nunca para que los trabajadores fueran conscientes de la importancia que tenía cierta idea del diseño para la empresa y para que ese escenario les impregnara; se implicó ya muy enfermo en el diseño de la funda del iPad porque le molestaba que fundas vulgares cobijaran su "tableta" que nadie necesitaba pero de la que nadie podía prescindir cuando la conocía.


Le gustaba Dylan, los Beatles, Yo Yo Ma y los artistas que nunca paran de evolucionar, de refinar su arte y de mantenerse en perpetua búsqueda, al margen de las expectativas de los demás porque como decía Dylan "si no estás ocupado naciendo, estás ocupado muriendo". Como ellos fue capaz de reinvertarse varias veces. A los veinticuatro años lo despidieron de la empresa que había fundado pero decidió que le gustaba lo que hacía y que lo iba a seguir haciendo. Compró una pequeña compañía de animación llamada Pixar que años después crearía películas de animación tan extraordinarias como Toy Story o Up en las que estuvo muy implicado en todos los detalles del proceso de creación. Montó Net para fabricar ordenadores de calidad para las universidades y a punto estuvo de fracasar pero lo volvieron a reclamar de Appel que, por aquel entonces, estaba hundida y no paró hasta convertirla en la mayor empresa tecnológica del mundo.


Se implicaba en todos los aspectos de la fabricación y los supervisaba; intentaba sacar el máximo de cada uno y lo hacía con un carácter a veces insoportable. Veía todo en blanco o en negro. Una idea o era "una mierda" o era "maravillosa". Solo le interesaba el talento y creía que su misión era encontrarlo y ponerlo a trabajar en proyectos que merecieran la pena. De joven había aprendido a mirar con intensidad y a generar una interacción personal tan sugestiva que corría el rumor que producía campos de distorsión de la realidad a su alrededor. Era capaz de convencer al más escéptico, de vencer dificultades inauditas, de hacer lo que nadie había hecho, de hacer rentable lo que a priori parecía una locura. Decidió que su misión no era agradar a su equipo sino asegurar su excelencia y nunca tuvo problemas para apartar a quien fuera si no estaba a la altura de sus expectativas. Era capaz de gritar y de dejar que le gritaran, de contratar al tipo más raro del mundo si tenía conocimientos que le interesaban, de paralizar la salida de un producto si consideraba que no era perfecto.


Quizá era un tiburón pero no uno cualquiera. Era millonario pero no uno cualquiera. Consideraba que a este mundo se viene con la misión de hacer algo que lo mejore y no escatimaba la energía para intentarlo hasta cerca de las orillas de la muerte. Quería todo el control porque consideraba que solo así se consigue un producto como el iMac o el iPhone o el iPad. Fue capaz de reflotar Apple con un aparato que permitiera llevar 1000 canciones en el bolsillo y que se percibiera como un objeto sencillo y valioso. No era perfecto es verdad pero hay algo de inspirador en su vida quizá porque supo también ganar en el mundo real cuando él habitaba en otra realidad.


Me pregunto qué pensaría él de empresas como la nuestra, donde todo el mundo dice defender lo que no defiende, compartir lo que no comparte, donde el talento no es reconocido o más bien es bloqueado y la organización hace imposible hasta las más pequeñas cosas como limpiar el coche en el que hago las guardias cada semana. Lo imagino, si la dirigiera, acotando los servicios que tendríamos que ofrecer y tratando de que fueran realmente óptimos, pululando por todos los sitios y hablando con todo el mundo, sintiéndose un paciente y buscando optimizar su atención sin caer en el halago fácil, poniéndose en la piel de los profesionales y tratando de darles herramientas para mejorar el trabajo y sobre todo el flujo de información (¿qué diría de la atomización de programas informáticos incompatibles para gestionar la historia clínica?). Pero quizá todo sea una fantasía, la nostalgia tan humana del héroe que lo solucione todo.


Aprovechó la presentación de un producto para hacer el siguiente anuncio:


"Este es un homenaje a los locos. A los inadaptados. A los rebeldes. A los alborotadores. A las fichas redondas en los huecos cuadrados. A los que ven las cosas de forma diferente. A los no les gustan las reglas y no sienten ningún respeto por lo establecido. Puedes citarlos, discrepar de ellos, glorificarlos o vilipendiarlos. Casi lo único que no puedes hacer es ignorarlos. Porque ellos cambian las cosas. Son los que hacen avanzar el género humano. Y aunque algunos los vean como locos, nosotros vemos su genio. Porque las personas que están lo suficientemente locos para pensar que pueden cambiar el mundo…son quienes lo cambian."


Podéis aprender algo más sobre su vida leyendo la biografía que realizó Walter Issacson . Podéis escucharlo en el discurso de Stanford. Era Steve Jobs un pirata que conquisto el mundo pero murió joven como siempre había sospechado.







miércoles 12 de octubre de 2011

Más sobre el Dr. Murray


Casi había olvidado al Dr. Murray porque dos años es mucho tiempo y pasan tantas cosas en el mundo que ocupan la escena mediática que es difícil guardar una proporción del tiempo y de la importancia de las cuestiones que a uno le interesan. Además me había prometido irme distanciando en este blog de la medicina como actualidad para solo tocarla tangencialmente a través de otros ámbitos que ahora me interesan más. Pero El Dr. Murray aparece de nuevo en medio de toda la parafernalia del juicio sobre la muerte de Jackson al que se busca librar de toda responsabilidad y traspasarla a un chivo expiatorio propicio, en este caso su médico. Hace dos años escribí esta entrada y ahora pasado el tiempo me parece todavía más pertinente. Parece que la haya leído el fiscal del caso cuando pone el dedo justo en la llaga de la cuestionable relación médico- paciente que existía entre los dos y exige responsabilidad a uno (el médico) para quizá eximir al otro (el cantante) y que permanezca eternamente el mito de masas, siempre una víctima de las circunstancias, nunca responsable de ninguno de sus actos salvo de la genialidad de sus canciones.

"No existía una relación doctor-paciente", explicó Walgren (el fiscal). Más bien se trataba de un intercambio interesado, en el que Murray actuaba como un mercenario a cambio de dinero por sus servicios. "…“Era una relación de empleado y empleador", dijo el fiscal, que informó de los 150.000 dólares al mes que cobraba el doctor por nominalmente ocuparse de la salud del astro. "Era un empleado y como tal actuó, no utilizó los criterios médicos adecuados".


Ya lo describía de forma memorable Chadler y lo hemos visto o leído muchas veces en libros o películas. También es fácil que lo hayamos contemplado alguna vez directamente. En esta sociedad se puede comprar todo y, si se necesita, también un médico que se pliegue a los caprichos más o menos oscuros del que paga. Alguien terminará haciendo una película sobre la muerte de Jackson y es fácil fantasear con algunas escenas del guión. Por ejemplo, es probable que incluya alguna con un Jackson, adicto y desquiciado, gritando entre insultos o súplicas al médico que le ponga su “leche” a la que cree tener derecho porque le paga bien. El médico dudará angustiado tratando de calcular la peligrosidad de la dosis o quizá ya habrá cruzado esa línea y solo hará lo que le mandan con cierta indiferencia, pensando que no es su problema y que quizá esta vez tampoco pase nada y que él también merece ser rico. Quizá nunca sabremos la verdad. Ahora al Dr. Murray se le trata de presentar como alguien inepto que ni siquiera sabía hacer un masaje cardiaco y solo pensaba en escurrir el bulto, cuando antes parecía ser un cardiólogo competente que incluso se despidió por carta de sus pacientes antes de sucumbir a un buen sueldo.


Pudiera parecer que el dilema moral del Dr. Murray es algo que solo se presenta en ciertos extremos, cuando un médico se mete en mundos turbios como, por ejemplo, en el deporte de alta competición donde, de vez en cuando, saltan escándalos de dopaje y donde los mánagers quieren controlar el trabajo médico como el de un empleado al servicio del club, como reivindicó Mourinho hace unos días. La mercancía pagada a precio de oro que son los jugadores tiene que ser reparada en plazos cada vez menores, quizá corriendo cada vez más riesgos aunque se transgreda la ortodoxia médica.


Pero a poco que se piense se observa que surgen situaciones similares en el trabajo médico de cada día. Cuando comencé a trabajar en un pueblo a principios de los años 80 ya percibí el precio que médicos de la anterior generación pagaban por las “igualas” que yo entonces veía tan mal. El sobresueldo solía salir caro y frecuentemente suponía plegarse a imposiciones y caprichos variados, generalmente a deshora, aunque hubiera mucho aparente respeto de por medio. Pronto comprobé que también sin ellas tenía presiones de todo tipo para hacer cosas con las que no estaba de acuerdo y que a menudo trasgredían la ortodoxia médica. Simplemente el no recetar algo que me proponían por variados motivos (lo habían tomado otras veces, o “ido de paga” o lo que fuera) y que yo no consideraba adecuado o incluso consideraba peligroso. Frecuentemente la respuesta era: ”para eso está usted aquí” o “para eso le pago” lo cual ponía de manifiesto que los usuarios del seguro comenzaban a sentirse empleadores del médico y por tanto lo consideraban a su servicio.


No hay que decir que las expectativas sociales no han hecho más que crecer en los 30 años que llevo trabajando. Y que cada día tengo varios episodios que ponen a prueba mi asertividad en forma de negar una baja que considero inapropiada o recetas con las que no estoy de acuerdo y que me vienen inducidas sin ningún informe que las justifique o derivaciones caprichosas sin indicación clínica o certificados de todo tipo en los que se me pide de que me haga responsable de cualquier tontería o banalidades conscientes que se presentan como una urgencia de madrugada porque a alguien le viene bien esa hora. Muy a menudo recibo hostilidad por esos y otros motivos unido a la frase: ”pues para eso pago”. Y estoy seguro que lo que quizá esa vez yo he negado lo haré otro día o lo hará otro. Si alguien presiona lo suficiente termina consiguiendo lo que quiere.


Ahora que hay crisis económica y que parece que va a haber recortes brutales e indiscriminados convendría preguntarse qué hubiera ocurrido si los médicos hubiéramos tenido el coraje de actuar con criterios racionales y adecuados a la evidencia médica (soy consciente de lo difícil que es ponerse de acuerdo en eso y lo variable que es pero cualquiera que pase consulta sabe a qué me refiero) resistiéndonos de forma razonable, cada uno en su nivel, a pedir pruebas diagnósticas no justificadas, a no indicar intervenciones sin beneficio claro o de complacencia, a prescribir medicación que realmente no haya demostrado ser eficaz, a dar bajas sin motivo clínico, a medicalizar problemas no médicos o síntomas menores.


Qué hubiera ocurrido si nuestras instituciones representativas (colegios, sociedades científicas) hubieran sabido tener un discurso claro, inteligente y honesto sobre lo que puede y no puede ayudar a mejorar la medicina y a qué precio, no contaminado por intereses políticos o económicos o ideológicos. Qué hubiera ocurrido si todos hubiéramos sido más valientes y no hubiéramos justificado la medicina defensiva o la evitación de conflictos. Si no nos hubiéramos callado frente a gestores incompetentes o usuarios rentistas o medidas organizativas que desde el principio sabíamos abocadas al desastre. Si simplemente hubiéramos aplicado el método científico a nuestras conductas y hubiéramos exigido una información precisa de nuestras actuaciones, por ejemplo teniendo acceso a los datos de morbi-mortalidad de nuestro hospital o centro de salud o pais. Si hubiéramos actuado como el fiscal le exige al Dr. Murray.


Podríamos especular con lo que se podría haber ahorrado si hubiéramos atendido los problemas de una forma ponderada, con los recursos máximos para los graves o complejos y recursos mínimos para los que se resuelven solos. Podríamos fantasear lo que quisiéramos pero el mundo en que vivimos es como es. Y los médicos solo somos parte de una sociedad que funciona como funciona. Y como el Dr. Murray no dejamos de ser empleados con bastante miedo de llevar la contraria al jefe que nos emplea porque nos jugamos mucho en eso. Y por desgracia el tiempo ha demostrado que ser independiente y manifestarlo termina teniendo un precio muy alto y es más fácil dejarse empujar por el viento de lo que haga la mayoría.


Pero estas especulaciones nos llevarían muy lejos y entonces quizá nada hubiera ocurrido. Porque es ese caso los financieros no hubieran querido enriquecerse a cualquier precio, y los que tendrían que haberlos controlado hubieran hecho bien su trabajo y la gente inteligente y honesta hubiera estado en los puestos que le correspondían y quizá no arrumbados o amargados. Y no habría crisis económica y viviríamos en una próspera sociedad abierta no amenazada por el desastre.

martes 9 de agosto de 2011

Antoñito



Eran mis primeros tiempos en Madrid (quizá 1978) y colaboraba con un periódico de Ciudad Real que duró poco tiempo, así que me pasé por la Casa de la Mancha que estaba cerca de Sol porque me había enterado que iba a haber una reunión de artistas y escritores manchegos. Recuerdo que el sitio parecía realmente un casino de pueblo manchego con sus olores a tabaco rancio y a fritanga, la luz un poco mortecina y los hombres solos que ojeban una y otra vez un periódico pasado de fecha o se juntaban para echar una partida interminable. Pero allí estaba Antonio, Antoñito le llamaba todo el mundo con una familiaridad que me parecía excesiva pero que era coherente con su actitud y aspecto. Era ya muy famoso y pertenecía a la cuadra de la Marlborough desde hacía muchos años pero se comportaba como alguien muy tímido que quiere pasar desapercibido y que intenta ser afable y modesto con todo el mundo. Vestía con desaliño, como un agricultor manchego en la taberna después de terminar el trabajo y haberse lavado un poco la cara y las manos. Allí estaba otra gente como Eladio Cabañero también desaliñado, ejerciendo de manchego con uniforme de pantuflas que lucía a menudo por el Gijón aunque llevara muchos años en Madrid. También estaba García Pavón, al que luego hice una entrevista que no publiqué, del que había leído mucho y admiraba sobre todo por "Los liberales", un libro que refleja un mundo amable y extinguido que hubiera podido ser una tradición habitable. Con Felix Grande constituían el grupo de tomelloseros ilustres que había conseguido triunfar en Madrid.


Trato de recordar ese día y si crucé alguna palabra con él. Por aquella época su pintura figurativa no era muy valorada entre los que querían ser modernos y abstractos o estudiaban Bellas Artes. Aunque creo que todos lo envidiaban en secreto sobre todo porque era un pintor consagrado, lo que todos querían ser aunque en ese momento lo negaran con discursos que impugnaban la mercatilización del arte. También porque su pintura y el discurso con el que la sostenía (en eso no era modesto ni débil) era neto, sólido, poco influenciable por las modas circunstanciales tan frecuentes en aquella época y en lo que vino después. Antonio era un pintor seguro de sus cualidades y de su oficio, que sabía el mundo que quería reflejar y se dedicaba a ello en alma y cuerpo, como quien se sabe elegido para una causa.


Recordé esto viendo la impresionante exposición que le dedica la Thissen. Impresionante por su maestría y también por el mundo que acierta a reflejar. En sus cuadros está una cierta España profunda que a mí me perturba y de la que me he pasado huyendo toda la vida. Es como si de niño su sensibilidad le hubiera procurado una visión que ya no le ha abandonado nunca: un mundo de espectros tras la aparente realidad al que miran ensimismados los ojos de todas sus esculturas, incluida la que lo representa todavía joven pero ya viejo, como un campesino sin edad y sin futuro siempre amenazado por la calamidad y una muerte que no acaba de llegar del todo pero que ha conocido y le espanta desde niño porque no ve distracción posible. Por eso los cuerpos esculpidos, incluso los de los niños, parecen muertos y no tienen ni un atisbo de erotismo, ni esperanza, ni casi vida.


Curiosamente la representación de objetos o fragmentos de ciudad o de casas contienen mayores reflejos de vida: la que queda en cualquier ambito cuando pasa el tiempo y la gente, cualquiera que sea su condición o estado. En una ventana de un piso queda reflejada la vida de la emigración pobre y fracasada; en un urinario sucio, la desesperanza de los bares de hombres solos y vencidos; en una alacena, el mundo asfixiante de la postguerra con los espectros de las niñas muertas de tuberculosis; en los retratos, el mundo todavía amenazado de los años cincuenta pero ya con un germen de esperanza; en los grandes cuadros de Madrid la ciudad como posiblidad permanente en la que es posible refugiarse si se sabe mirar.


Las rosas y los membrillos se salvan de la devastación y son la única fuente de belleza, el único descanso que parece permitirse un hombre que por otro lado salió hace décadas de ese mundo, que ha vivido en grandes ciudades modernas, que debe haber frecuentado ámbitos sofisticados, que probablemente ha sido razonablemente rico y valorado. Pero que parece preso de un personaje y de una querencia que lo atrae fatalmente y quizá lo haga sufrir. Sus cuadros poseen la tecnica de muchas generaciones de pintores geniales pero el mundo que reflejan es fijo como el de Hooper o el de Rulfo. Contemplándolo uno añora la alegría, el aire fresco, lo mondaine, las mujeres bellas, la playa, los niños sonrientes, las canciones de los Beatles. Y decide de nuevo huir de una vez de todo eso de todas las manera posibles. Olvidarlo para siempre.

miércoles 27 de julio de 2011

Aluisse


Releo al lado del mar los avatares de lady Chatterley, el trayecto de su cuerpo desde aquellos años en que conversaba incansablemente con los muchachos y solo después los besaba con los ojos cerrados, fingiendo amor para seguir siendo libre de conversar con otros, sin demasiadas ataduras todavía, porque "las charlas, las discursiones eran lo más importante; hacer el amor y las relaciones afectivas eran solo una especie de reversión primitiva. Después, una se sentía menos enamorada del chico y un poco inclinada a odiarle, como si se hubiera entrometido en la vida privada, en la libertad interior". Sin embargo su cuerpo indicaba que "l´amour avait passé par lá", se redondeó sutilmente y su expresión adoptó el aspecto emotivo y triunfante de un rostro que cree tener la vida por delante.


Todo cambió con la guerra y con lo que la guerra hizo con tantos jóvenes que habían acudido alegremente a su llamada. Jóvenes como Clifford Chatterley, un aristócrata aficionado a las letras con el que se había casado precipitadamente antes de que partiera para el frente, y al que solo volvio a ver como un paralítico que ya había perdido para siempre la conexión con el mundo. De pronto se vió aislada en una mansión decadente al lado de una mina, escuchando estériles tertulias de intelectuales mediocres que habían perdido el rastro de la vida y solo soñaban con el dinero y la fama aunque tenían palabras para justificarlo todo. Poco a poco se fue asfixiando y una noche fue consciente de que su cuerpo había cambiado, de que se estaba consumiendo. Y su delgadez sin brillo la asustó como la evidencia de su infelicidad, de la lejanía de todo lo que consideraba auténtico, como el espectro de una vejez prematura a los 27 años por culpa del descuido y la renuncia. Luego todo volvió a cambiar con Mallors, el guardabosques, un hombre entonces muy delgado ...


La novela es un relato sobre los cuerpos, sobre cuerpos de diferentes volúmenes que expresan emociones o tratan de ocultarlas, que desean o están inhibidos, que permiten o limitan conductas, que sienten o están anestesiados, que se resignan o pugnan, que aman o renuncian. Cuerpos rotos no necesariamente en lo que parece más evidente. Cuerpos con más o menos músculo o grasa pero solo como consecuencia de un hábito, de un trabajo, de una edad, de una clase social, de una tragedia personal, de un pasado, de unos intereses, de unos deseos, de una disciplina.


Cada vez observo con más estupor la obsesión por el peso que percibo a mi alrededor. No solo las muchas personas de todas las edades que diariamente me piden una dieta, sino la publicidad continua (de la que no son posibles las vacaciones) en todos los medios de comunicación de un cuerpo inalcanzable para la mayoria de la gente. Saludos en los que la primera frase siempre está relacionada con el peso (¡que delgada estás! o ¡qué barriga tienes!); conversaciones sobre la comida en términos restrictivos, proyectos de mejora emocional relacionados con la talla del vestido. Por no hablar de la industria médica en todas sus versiones. El escándalo frecuente del negocio fraudulento sobre gente vulnerable; la amplificación de los riesgos y de los márgenes de normalidad para incrementar las posbilidades de negocio y de influencia; la infantilización de los pacientes; las prescripciones de dietas imposibles, con moralina incluida, que llenan de culpa contraproducente; la falta de conocimiento, recursos y motivación para abordar la obesidad realmente patológica.


Nutrirse adecuadamente, ese sería el concepto. Tener no solo la disciplina para ingerir un número de calorias adecuadamente relacionado con la edad y la actividad física sino también haber acumulado la sabiduría de saberlas cocinar y comer para disfrutarlas como el mejor gourmet. 1750 calorías, si hay que perder peso, o las que se necesiten, consumidas con sosiego y una ceremonia reparadora. Con música al gusto (¡y no un maldito telediario!), con la mesa bien puesta, con una agradable conversación si es posible. Comiendo lento aunque se tenga prisa, literalmente suspendidos en el tiempo, como en una actividad zen.


Pero nutrirse es también, según la segunda acepción del DRAE, "aumentar o dar nuevas fuerzas en cualquier línea, especialmente en lo moral". Lo que comemos no solo depende de malos hábitos o de la publicidad, es también un reflejo de nuestro ánimo, de cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con el mundo. La variacion del apetito es una respuesta conductual a los problemas y retos de la vida y también un reflejo de nuestros recursos para afrontarlos. Por eso son más frecuentes en las crisis del ciclo vital o en situaciones de estrés o de aburrimiento o de soledad. Y por eso es esencial consumir nutrientes para limitar los daños que nos producen e incluso intentar crecer a partir de ellos.


Creo que alguna vez leí una frase atribuida a Goethe que decía: cada día hay que escuchar una bella melodía, contemplar una bella pintura y leer un bello texto. Actualmente podríamos añadir el ver una buena película. No me parece un mal consejo por eso intento practicarlo y recomendarlo sistemáticamente, sobre todo porque ahora eso está al alcance de la mayoría de la gente de forma muy fácil. Es sencillo leer cada día un poema, por ejemplo, en Poemas del alma, ver películas o series en múltiples webs o comprarlas en el kiosko o escuchar música en Spotify. Y si no se sabe muy bien que ver o leer o escuchar recomiendo comenzar con Lo que Sócrates le diria a Woody Allen o La cultura: todo lo que hay que saber o La historia del Arte de Gombrich acompañado de este regalo de google. Despues de leer La conquista de la felicidad y la Carta a Meneceo es fácil internarse en el bosque de Ignoria y desarrollar un gusto propio para seguir nutriéndose a lo largo del tiempo.


Sin embargo hay algo previo. El cuerpo, nuestro cuerpo, el que realmente tenemos precisa un respeto. Hay que aceptarlo y escucharlo. No intoxicarlo con comida basura y tampoco con entretenimiento basura. No despreciarlo. Respetar sus ritmos y sus tiempos, ejercitarlo para que sea ágil y para que sienta. Conquistar desde él, para él un proyecto de vida en el que se encuentre a gusto, en el que pueda amar y trabajar. Vivir con intensidad y consciencia.