domingo 5 de febrero de 2012
Médicos
lunes 16 de enero de 2012
Temblor
domingo 8 de enero de 2012
Los peligros de los magos
domingo 18 de diciembre de 2011
Hojas en el viento

lunes 28 de noviembre de 2011
Steve Jobs

No confiaba en el buen gusto de los consumidores y procuraba fabricar los aparatos que le hubiera gustado gozar, los que les gustaría tener a gente que puede aumentar los márgenes de su creatividad con ellos. Le gustaba pensar que se movía en la intersección entre la tecnología y las humanidades, un territorio abierto a la innovación y al gozo, donde se conectaban diferentes formas de expresión del espíritu humano sutilmente relacionadas. Le parecía que un gran ingeniero no se diferenciaba tanto de un músico, un pintor o un poeta: todos tenían el anhelo de expresarse, de ampliar las fronteras de lo real. Todos se adelantaban a su tiempo y en alguna época compartían el mismo conocimiento como en el caso de Leonardo.
Se consideraba un rebelde, un pirata libre en la vida y en el mundo de los negocios, capaz de ir a contracorriente y pretender ganar. Toda su vida se sintió próximo al pensamiento oriental que había descubierto en la contracultura de los sesenta y que practicó con la intensidad con la que abordaba todo lo que le interesaba. Viajó a la india, fue vegano casi toda la vida, conoció el LSD, hizo dietas estrictas de manzanas o zanahorias para conseguir ciertos estados de conciencia; caminaba a menudo con los pies descalzos, meditó toda su vida y creyó sacar de ahí una energía primordial que conseguía focalizar en clarificar los objetivos que perseguía y en intentar conseguirlos con una determinación contagiosa. Se creía especial y trasmitía que lo era, que con él se era podía hacer posible lo imposible.
Creía en la fuerza de los objetos bellos, en la relación emocional que con ellos se establece, en la energía que desprenden y en como eso nos mejora la vida. Por eso perseguía obsesivamente la simplicidad (fue muy zen toda su vida) y la calidad exquisita aunque eso le hiciera perder dinero en un principio. Creía en las cosas bien hechas como le había enseñado su padre adoptivo y consideraba que no era banal que fuera perfecto y bello incluso lo que no se veía. Logró fabricar un cristal que ya no existía para la pantalla del iPhone; trajo una arenisca gris azulada de la Toscana para el suelo de sus tiendas; pintó de blanco puro las paredes de sus fábricas y de colores concretos máquinas que no se habían pintado nunca para que los trabajadores fueran conscientes de la importancia que tenía cierta idea del diseño para la empresa y para que ese escenario les impregnara; se implicó ya muy enfermo en el diseño de la funda del iPad porque le molestaba que fundas vulgares cobijaran su "tableta" que nadie necesitaba pero de la que nadie podía prescindir cuando la conocía.
Le gustaba Dylan, los Beatles, Yo Yo Ma y los artistas que nunca paran de evolucionar, de refinar su arte y de mantenerse en perpetua búsqueda, al margen de las expectativas de los demás porque como decía Dylan "si no estás ocupado naciendo, estás ocupado muriendo". Como ellos fue capaz de reinvertarse varias veces. A los veinticuatro años lo despidieron de la empresa que había fundado pero decidió que le gustaba lo que hacía y que lo iba a seguir haciendo. Compró una pequeña compañía de animación llamada Pixar que años después crearía películas de animación tan extraordinarias como Toy Story o Up en las que estuvo muy implicado en todos los detalles del proceso de creación. Montó Net para fabricar ordenadores de calidad para las universidades y a punto estuvo de fracasar pero lo volvieron a reclamar de Appel que, por aquel entonces, estaba hundida y no paró hasta convertirla en la mayor empresa tecnológica del mundo.
Se implicaba en todos los aspectos de la fabricación y los supervisaba; intentaba sacar el máximo de cada uno y lo hacía con un carácter a veces insoportable. Veía todo en blanco o en negro. Una idea o era "una mierda" o era "maravillosa". Solo le interesaba el talento y creía que su misión era encontrarlo y ponerlo a trabajar en proyectos que merecieran la pena. De joven había aprendido a mirar con intensidad y a generar una interacción personal tan sugestiva que corría el rumor que producía campos de distorsión de la realidad a su alrededor. Era capaz de convencer al más escéptico, de vencer dificultades inauditas, de hacer lo que nadie había hecho, de hacer rentable lo que a priori parecía una locura. Decidió que su misión no era agradar a su equipo sino asegurar su excelencia y nunca tuvo problemas para apartar a quien fuera si no estaba a la altura de sus expectativas. Era capaz de gritar y de dejar que le gritaran, de contratar al tipo más raro del mundo si tenía conocimientos que le interesaban, de paralizar la salida de un producto si consideraba que no era perfecto.
Quizá era un tiburón pero no uno cualquiera. Era millonario pero no uno cualquiera. Consideraba que a este mundo se viene con la misión de hacer algo que lo mejore y no escatimaba la energía para intentarlo hasta cerca de las orillas de la muerte. Quería todo el control porque consideraba que solo así se consigue un producto como el iMac o el iPhone o el iPad. Fue capaz de reflotar Apple con un aparato que permitiera llevar 1000 canciones en el bolsillo y que se percibiera como un objeto sencillo y valioso. No era perfecto es verdad pero hay algo de inspirador en su vida quizá porque supo también ganar en el mundo real cuando él habitaba en otra realidad.
Me pregunto qué pensaría él de empresas como la nuestra, donde todo el mundo dice defender lo que no defiende, compartir lo que no comparte, donde el talento no es reconocido o más bien es bloqueado y la organización hace imposible hasta las más pequeñas cosas como limpiar el coche en el que hago las guardias cada semana. Lo imagino, si la dirigiera, acotando los servicios que tendríamos que ofrecer y tratando de que fueran realmente óptimos, pululando por todos los sitios y hablando con todo el mundo, sintiéndose un paciente y buscando optimizar su atención sin caer en el halago fácil, poniéndose en la piel de los profesionales y tratando de darles herramientas para mejorar el trabajo y sobre todo el flujo de información (¿qué diría de la atomización de programas informáticos incompatibles para gestionar la historia clínica?). Pero quizá todo sea una fantasía, la nostalgia tan humana del héroe que lo solucione todo.
Aprovechó la presentación de un producto para hacer el siguiente anuncio:
"Este es un homenaje a los locos. A los inadaptados. A los rebeldes. A los alborotadores. A las fichas redondas en los huecos cuadrados. A los que ven las cosas de forma diferente. A los no les gustan las reglas y no sienten ningún respeto por lo establecido. Puedes citarlos, discrepar de ellos, glorificarlos o vilipendiarlos. Casi lo único que no puedes hacer es ignorarlos. Porque ellos cambian las cosas. Son los que hacen avanzar el género humano. Y aunque algunos los vean como locos, nosotros vemos su genio. Porque las personas que están lo suficientemente locos para pensar que pueden cambiar el mundo…son quienes lo cambian."
Podéis aprender algo más sobre su vida leyendo la biografía que realizó Walter Issacson . Podéis escucharlo en el discurso de Stanford. Era Steve Jobs un pirata que conquisto el mundo pero murió joven como siempre había sospechado.
miércoles 12 de octubre de 2011
Más sobre el Dr. Murray

Casi había olvidado al Dr. Murray porque dos años es mucho tiempo y pasan tantas cosas en el mundo que ocupan la escena mediática que es difícil guardar una proporción del tiempo y de la importancia de las cuestiones que a uno le interesan. Además me había prometido irme distanciando en este blog de la medicina como actualidad para solo tocarla tangencialmente a través de otros ámbitos que ahora me interesan más. Pero El Dr. Murray aparece de nuevo en medio de toda la parafernalia del juicio sobre la muerte de Jackson al que se busca librar de toda responsabilidad y traspasarla a un chivo expiatorio propicio, en este caso su médico. Hace dos años escribí esta entrada y ahora pasado el tiempo me parece todavía más pertinente. Parece que la haya leído el fiscal del caso cuando pone el dedo justo en la llaga de la cuestionable relación médico- paciente que existía entre los dos y exige responsabilidad a uno (el médico) para quizá eximir al otro (el cantante) y que permanezca eternamente el mito de masas, siempre una víctima de las circunstancias, nunca responsable de ninguno de sus actos salvo de la genialidad de sus canciones.
"No existía una relación doctor-paciente", explicó Walgren (el fiscal). Más bien se trataba de un intercambio interesado, en el que Murray actuaba como un mercenario a cambio de dinero por sus servicios. "…“Era una relación de empleado y empleador", dijo el fiscal, que informó de los 150.000 dólares al mes que cobraba el doctor por nominalmente ocuparse de la salud del astro. "Era un empleado y como tal actuó, no utilizó los criterios médicos adecuados".
Ya lo describía de forma memorable Chadler y lo hemos visto o leído muchas veces en libros o películas. También es fácil que lo hayamos contemplado alguna vez directamente. En esta sociedad se puede comprar todo y, si se necesita, también un médico que se pliegue a los caprichos más o menos oscuros del que paga. Alguien terminará haciendo una película sobre la muerte de Jackson y es fácil fantasear con algunas escenas del guión. Por ejemplo, es probable que incluya alguna con un Jackson, adicto y desquiciado, gritando entre insultos o súplicas al médico que le ponga su “leche” a la que cree tener derecho porque le paga bien. El médico dudará angustiado tratando de calcular la peligrosidad de la dosis o quizá ya habrá cruzado esa línea y solo hará lo que le mandan con cierta indiferencia, pensando que no es su problema y que quizá esta vez tampoco pase nada y que él también merece ser rico. Quizá nunca sabremos la verdad. Ahora al Dr. Murray se le trata de presentar como alguien inepto que ni siquiera sabía hacer un masaje cardiaco y solo pensaba en escurrir el bulto, cuando antes parecía ser un cardiólogo competente que incluso se despidió por carta de sus pacientes antes de sucumbir a un buen sueldo.
Pudiera parecer que el dilema moral del Dr. Murray es algo que solo se presenta en ciertos extremos, cuando un médico se mete en mundos turbios como, por ejemplo, en el deporte de alta competición donde, de vez en cuando, saltan escándalos de dopaje y donde los mánagers quieren controlar el trabajo médico como el de un empleado al servicio del club, como reivindicó Mourinho hace unos días. La mercancía pagada a precio de oro que son los jugadores tiene que ser reparada en plazos cada vez menores, quizá corriendo cada vez más riesgos aunque se transgreda la ortodoxia médica.
Pero a poco que se piense se observa que surgen situaciones similares en el trabajo médico de cada día. Cuando comencé a trabajar en un pueblo a principios de los años 80 ya percibí el precio que médicos de la anterior generación pagaban por las “igualas” que yo entonces veía tan mal. El sobresueldo solía salir caro y frecuentemente suponía plegarse a imposiciones y caprichos variados, generalmente a deshora, aunque hubiera mucho aparente respeto de por medio. Pronto comprobé que también sin ellas tenía presiones de todo tipo para hacer cosas con las que no estaba de acuerdo y que a menudo trasgredían la ortodoxia médica. Simplemente el no recetar algo que me proponían por variados motivos (lo habían tomado otras veces, o “ido de paga” o lo que fuera) y que yo no consideraba adecuado o incluso consideraba peligroso. Frecuentemente la respuesta era: ”para eso está usted aquí” o “para eso le pago” lo cual ponía de manifiesto que los usuarios del seguro comenzaban a sentirse empleadores del médico y por tanto lo consideraban a su servicio.
No hay que decir que las expectativas sociales no han hecho más que crecer en los 30 años que llevo trabajando. Y que cada día tengo varios episodios que ponen a prueba mi asertividad en forma de negar una baja que considero inapropiada o recetas con las que no estoy de acuerdo y que me vienen inducidas sin ningún informe que las justifique o derivaciones caprichosas sin indicación clínica o certificados de todo tipo en los que se me pide de que me haga responsable de cualquier tontería o banalidades conscientes que se presentan como una urgencia de madrugada porque a alguien le viene bien esa hora. Muy a menudo recibo hostilidad por esos y otros motivos unido a la frase: ”pues para eso pago”. Y estoy seguro que lo que quizá esa vez yo he negado lo haré otro día o lo hará otro. Si alguien presiona lo suficiente termina consiguiendo lo que quiere.
Ahora que hay crisis económica y que parece que va a haber recortes brutales e indiscriminados convendría preguntarse qué hubiera ocurrido si los médicos hubiéramos tenido el coraje de actuar con criterios racionales y adecuados a la evidencia médica (soy consciente de lo difícil que es ponerse de acuerdo en eso y lo variable que es pero cualquiera que pase consulta sabe a qué me refiero) resistiéndonos de forma razonable, cada uno en su nivel, a pedir pruebas diagnósticas no justificadas, a no indicar intervenciones sin beneficio claro o de complacencia, a prescribir medicación que realmente no haya demostrado ser eficaz, a dar bajas sin motivo clínico, a medicalizar problemas no médicos o síntomas menores.
Qué hubiera ocurrido si nuestras instituciones representativas (colegios, sociedades científicas) hubieran sabido tener un discurso claro, inteligente y honesto sobre lo que puede y no puede ayudar a mejorar la medicina y a qué precio, no contaminado por intereses políticos o económicos o ideológicos. Qué hubiera ocurrido si todos hubiéramos sido más valientes y no hubiéramos justificado la medicina defensiva o la evitación de conflictos. Si no nos hubiéramos callado frente a gestores incompetentes o usuarios rentistas o medidas organizativas que desde el principio sabíamos abocadas al desastre. Si simplemente hubiéramos aplicado el método científico a nuestras conductas y hubiéramos exigido una información precisa de nuestras actuaciones, por ejemplo teniendo acceso a los datos de morbi-mortalidad de nuestro hospital o centro de salud o pais. Si hubiéramos actuado como el fiscal le exige al Dr. Murray.
Podríamos especular con lo que se podría haber ahorrado si hubiéramos atendido los problemas de una forma ponderada, con los recursos máximos para los graves o complejos y recursos mínimos para los que se resuelven solos. Podríamos fantasear lo que quisiéramos pero el mundo en que vivimos es como es. Y los médicos solo somos parte de una sociedad que funciona como funciona. Y como el Dr. Murray no dejamos de ser empleados con bastante miedo de llevar la contraria al jefe que nos emplea porque nos jugamos mucho en eso. Y por desgracia el tiempo ha demostrado que ser independiente y manifestarlo termina teniendo un precio muy alto y es más fácil dejarse empujar por el viento de lo que haga la mayoría.
Pero estas especulaciones nos llevarían muy lejos y entonces quizá nada hubiera ocurrido. Porque es ese caso los financieros no hubieran querido enriquecerse a cualquier precio, y los que tendrían que haberlos controlado hubieran hecho bien su trabajo y la gente inteligente y honesta hubiera estado en los puestos que le correspondían y quizá no arrumbados o amargados. Y no habría crisis económica y viviríamos en una próspera sociedad abierta no amenazada por el desastre.
martes 9 de agosto de 2011
Antoñito
Eran mis primeros tiempos en Madrid (quizá 1978) y colaboraba con un periódico de Ciudad Real que duró poco tiempo, así que me pasé por la Casa de la Mancha que estaba cerca de Sol porque me había enterado que iba a haber una reunión de artistas y escritores manchegos. Recuerdo que el sitio parecía realmente un casino de pueblo manchego con sus olores a tabaco rancio y a fritanga, la luz un poco mortecina y los hombres solos que ojeban una y otra vez un periódico pasado de fecha o se juntaban para echar una partida interminable. Pero allí estaba Antonio, Antoñito le llamaba todo el mundo con una familiaridad que me parecía excesiva pero que era coherente con su actitud y aspecto. Era ya muy famoso y pertenecía a la cuadra de la Marlborough desde hacía muchos años pero se comportaba como alguien muy tímido que quiere pasar desapercibido y que intenta ser afable y modesto con todo el mundo. Vestía con desaliño, como un agricultor manchego en la taberna después de terminar el trabajo y haberse lavado un poco la cara y las manos. Allí estaba otra gente como Eladio Cabañero también desaliñado, ejerciendo de manchego con uniforme de pantuflas que lucía a menudo por el Gijón aunque llevara muchos años en Madrid. También estaba García Pavón, al que luego hice una entrevista que no publiqué, del que había leído mucho y admiraba sobre todo por "Los liberales", un libro que refleja un mundo amable y extinguido que hubiera podido ser una tradición habitable. Con Felix Grande constituían el grupo de tomelloseros ilustres que había conseguido triunfar en Madrid.
Trato de recordar ese día y si crucé alguna palabra con él. Por aquella época su pintura figurativa no era muy valorada entre los que querían ser modernos y abstractos o estudiaban Bellas Artes. Aunque creo que todos lo envidiaban en secreto sobre todo porque era un pintor consagrado, lo que todos querían ser aunque en ese momento lo negaran con discursos que impugnaban la mercatilización del arte. También porque su pintura y el discurso con el que la sostenía (en eso no era modesto ni débil) era neto, sólido, poco influenciable por las modas circunstanciales tan frecuentes en aquella época y en lo que vino después. Antonio era un pintor seguro de sus cualidades y de su oficio, que sabía el mundo que quería reflejar y se dedicaba a ello en alma y cuerpo, como quien se sabe elegido para una causa.
Recordé esto viendo la impresionante exposición que le dedica la Thissen. Impresionante por su maestría y también por el mundo que acierta a reflejar. En sus cuadros está una cierta España profunda que a mí me perturba y de la que me he pasado huyendo toda la vida. Es como si de niño su sensibilidad le hubiera procurado una visión que ya no le ha abandonado nunca: un mundo de espectros tras la aparente realidad al que miran ensimismados los ojos de todas sus esculturas, incluida la que lo representa todavía joven pero ya viejo, como un campesino sin edad y sin futuro siempre amenazado por la calamidad y una muerte que no acaba de llegar del todo pero que ha conocido y le espanta desde niño porque no ve distracción posible. Por eso los cuerpos esculpidos, incluso los de los niños, parecen muertos y no tienen ni un atisbo de erotismo, ni esperanza, ni casi vida.
Curiosamente la representación de objetos o fragmentos de ciudad o de casas contienen mayores reflejos de vida: la que queda en cualquier ambito cuando pasa el tiempo y la gente, cualquiera que sea su condición o estado. En una ventana de un piso queda reflejada la vida de la emigración pobre y fracasada; en un urinario sucio, la desesperanza de los bares de hombres solos y vencidos; en una alacena, el mundo asfixiante de la postguerra con los espectros de las niñas muertas de tuberculosis; en los retratos, el mundo todavía amenazado de los años cincuenta pero ya con un germen de esperanza; en los grandes cuadros de Madrid la ciudad como posiblidad permanente en la que es posible refugiarse si se sabe mirar.
Las rosas y los membrillos se salvan de la devastación y son la única fuente de belleza, el único descanso que parece permitirse un hombre que por otro lado salió hace décadas de ese mundo, que ha vivido en grandes ciudades modernas, que debe haber frecuentado ámbitos sofisticados, que probablemente ha sido razonablemente rico y valorado. Pero que parece preso de un personaje y de una querencia que lo atrae fatalmente y quizá lo haga sufrir. Sus cuadros poseen la tecnica de muchas generaciones de pintores geniales pero el mundo que reflejan es fijo como el de Hooper o el de Rulfo. Contemplándolo uno añora la alegría, el aire fresco, lo mondaine, las mujeres bellas, la playa, los niños sonrientes, las canciones de los Beatles. Y decide de nuevo huir de una vez de todo eso de todas las manera posibles. Olvidarlo para siempre.
miércoles 27 de julio de 2011
Aluisse

Releo al lado del mar los avatares de lady Chatterley, el trayecto de su cuerpo desde aquellos años en que conversaba incansablemente con los muchachos y solo después los besaba con los ojos cerrados, fingiendo amor para seguir siendo libre de conversar con otros, sin demasiadas ataduras todavía, porque "las charlas, las discursiones eran lo más importante; hacer el amor y las relaciones afectivas eran solo una especie de reversión primitiva. Después, una se sentía menos enamorada del chico y un poco inclinada a odiarle, como si se hubiera entrometido en la vida privada, en la libertad interior". Sin embargo su cuerpo indicaba que "l´amour avait passé par lá", se redondeó sutilmente y su expresión adoptó el aspecto emotivo y triunfante de un rostro que cree tener la vida por delante.
Todo cambió con la guerra y con lo que la guerra hizo con tantos jóvenes que habían acudido alegremente a su llamada. Jóvenes como Clifford Chatterley, un aristócrata aficionado a las letras con el que se había casado precipitadamente antes de que partiera para el frente, y al que solo volvio a ver como un paralítico que ya había perdido para siempre la conexión con el mundo. De pronto se vió aislada en una mansión decadente al lado de una mina, escuchando estériles tertulias de intelectuales mediocres que habían perdido el rastro de la vida y solo soñaban con el dinero y la fama aunque tenían palabras para justificarlo todo. Poco a poco se fue asfixiando y una noche fue consciente de que su cuerpo había cambiado, de que se estaba consumiendo. Y su delgadez sin brillo la asustó como la evidencia de su infelicidad, de la lejanía de todo lo que consideraba auténtico, como el espectro de una vejez prematura a los 27 años por culpa del descuido y la renuncia. Luego todo volvió a cambiar con Mallors, el guardabosques, un hombre entonces muy delgado ...
La novela es un relato sobre los cuerpos, sobre cuerpos de diferentes volúmenes que expresan emociones o tratan de ocultarlas, que desean o están inhibidos, que permiten o limitan conductas, que sienten o están anestesiados, que se resignan o pugnan, que aman o renuncian. Cuerpos rotos no necesariamente en lo que parece más evidente. Cuerpos con más o menos músculo o grasa pero solo como consecuencia de un hábito, de un trabajo, de una edad, de una clase social, de una tragedia personal, de un pasado, de unos intereses, de unos deseos, de una disciplina.
Cada vez observo con más estupor la obsesión por el peso que percibo a mi alrededor. No solo las muchas personas de todas las edades que diariamente me piden una dieta, sino la publicidad continua (de la que no son posibles las vacaciones) en todos los medios de comunicación de un cuerpo inalcanzable para la mayoria de la gente. Saludos en los que la primera frase siempre está relacionada con el peso (¡que delgada estás! o ¡qué barriga tienes!); conversaciones sobre la comida en términos restrictivos, proyectos de mejora emocional relacionados con la talla del vestido. Por no hablar de la industria médica en todas sus versiones. El escándalo frecuente del negocio fraudulento sobre gente vulnerable; la amplificación de los riesgos y de los márgenes de normalidad para incrementar las posbilidades de negocio y de influencia; la infantilización de los pacientes; las prescripciones de dietas imposibles, con moralina incluida, que llenan de culpa contraproducente; la falta de conocimiento, recursos y motivación para abordar la obesidad realmente patológica.
Nutrirse adecuadamente, ese sería el concepto. Tener no solo la disciplina para ingerir un número de calorias adecuadamente relacionado con la edad y la actividad física sino también haber acumulado la sabiduría de saberlas cocinar y comer para disfrutarlas como el mejor gourmet. 1750 calorías, si hay que perder peso, o las que se necesiten, consumidas con sosiego y una ceremonia reparadora. Con música al gusto (¡y no un maldito telediario!), con la mesa bien puesta, con una agradable conversación si es posible. Comiendo lento aunque se tenga prisa, literalmente suspendidos en el tiempo, como en una actividad zen.
Pero nutrirse es también, según la segunda acepción del DRAE, "aumentar o dar nuevas fuerzas en cualquier línea, especialmente en lo moral". Lo que comemos no solo depende de malos hábitos o de la publicidad, es también un reflejo de nuestro ánimo, de cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con el mundo. La variacion del apetito es una respuesta conductual a los problemas y retos de la vida y también un reflejo de nuestros recursos para afrontarlos. Por eso son más frecuentes en las crisis del ciclo vital o en situaciones de estrés o de aburrimiento o de soledad. Y por eso es esencial consumir nutrientes para limitar los daños que nos producen e incluso intentar crecer a partir de ellos.
Creo que alguna vez leí una frase atribuida a Goethe que decía: cada día hay que escuchar una bella melodía, contemplar una bella pintura y leer un bello texto. Actualmente podríamos añadir el ver una buena película. No me parece un mal consejo por eso intento practicarlo y recomendarlo sistemáticamente, sobre todo porque ahora eso está al alcance de la mayoría de la gente de forma muy fácil. Es sencillo leer cada día un poema, por ejemplo, en Poemas del alma, ver películas o series en múltiples webs o comprarlas en el kiosko o escuchar música en Spotify. Y si no se sabe muy bien que ver o leer o escuchar recomiendo comenzar con Lo que Sócrates le diria a Woody Allen o La cultura: todo lo que hay que saber o La historia del Arte de Gombrich acompañado de este regalo de google. Despues de leer La conquista de la felicidad y la Carta a Meneceo es fácil internarse en el bosque de Ignoria y desarrollar un gusto propio para seguir nutriéndose a lo largo del tiempo.
Sin embargo hay algo previo. El cuerpo, nuestro cuerpo, el que realmente tenemos precisa un respeto. Hay que aceptarlo y escucharlo. No intoxicarlo con comida basura y tampoco con entretenimiento basura. No despreciarlo. Respetar sus ritmos y sus tiempos, ejercitarlo para que sea ágil y para que sienta. Conquistar desde él, para él un proyecto de vida en el que se encuentre a gusto, en el que pueda amar y trabajar. Vivir con intensidad y consciencia.



