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lunes, 21 de junio de 2010

Luis Martin Santos, médico

Quizá no fue una casualidad que me acordara de Martín Santos hace un par de meses, mientras me aburría en una de esas reuniones de psiquiatras en las que todo se reduce a adorar a algún líder de opinión internacional que dice lo convenido según el evento (propaganda de los fármacos de moda: nada más) con mayor o menor teatralidad. En la penumbra de la sala mientras escuchaba la traducción simultánea de una psiquiatra americana que hablaba de mejorar la sexualidad de los psicóticos añadiendo más fármacos de eficacia evanescente a los que ya tomaban (pero ni una palabra de estudios que investigaran sobre las posibilidades sexuales que hipotéticamente tenían, ni de su deseo, ni de la influencia de su entorno, ni de posibilidades psicoterapéuticas concretas...) me dio por pensar si toda la psiquiatría española estaba allí (callada, como asintiendo), si compartía ese discurso y me acordé de Carlos Castilla del Pino y por él llegué a Martín Santos.

Leí "Tiempo de silencio" en 1977 coincidiendo con un seminario sobre "La generación del medio siglo" que dirigía Caballero Bonald para varios colegios mayores con un método muy simple y eficaz. Un día, generalmente despues de cenar, nos introducía a un escritor del grupo. Nos hablaba de su vida, de su obra, de anecdotas que había vivido directamente y quedábamos en leernos un libro para la siguiente reunión en la que, a veces, llevaba al escritor en cuestión, si estaba por Madrid, con el que manteníamos una tertulia que a veces se dilataba hasta la madrugada. Recuerdo que, casi al principio introdujo a Martin Santos sin ocultar una gran admiración. Para él había habido un antes y un después de "Tiempo de silencio". Antes, todos trataban de hacer realismo social, intentando de poner de manifiesto las penurias del franquismo y dejando de manifiesto la necesidad de un cierto cambio social. Después, la mayoría comenzaron a experimentar con el lenguaje e intentaron escribir de otra manera, tratando de sumarse a las corrientes, sobre todo anglosajonas, de la literatura europea. "Tiempo de silencio" tiene influencias de Joyce y de un existencialismo que entonces, al autor, le interesaban mucho.

http://www.march.es/publicaciones/pasadas/ensayos/pdf/martinsantos.pdf


Por aquel seminario apareció Luis Goytisolo (Recuento era un ejemplo de esas influencias), Jesús Fernandez Santos (recuerdo que reivindicaba Los Bravos como inspirador de El Jarama de Sánchez Ferlosio) y Garcia Hortelano, un tipo entrañable y divertido con el que daba gusto conversar del que leímos "El gran momento de Mary Tribune" que reflejaba muy bien el lenguaje y las correrías alcohólicas de aquellos tiempos. Y luego, pasados los meses o quizá al año siguiente para otra tertulia, Hortelano trajo a Juan Benet http://www.javiermarias.es/BENET/textos.html, del que era muy amigo, con su aspecto de pájaro y su lengua elocuente y viperina que entonces no relacionaba todavía con Martin Santos. Solo cuando años después leí "Luis Martin Santos: un memento" dentro de "Otoño en Madrid hacia 1950" (Alianza,1987) comencé a saber de la relación tan intensa, ambivalente y competitiva que tuvieron y de cómo Benet se vio reflejado en un personaje de la novela (Matias) que no le gustó demasiado. http://literaturaiesbi.wordpress.com/2009/09/24/luis-martin-santos-vs-juan-benet-por-manuel-vicent/

Releo ahora ese capítulo de Benet, minucioso y honesto con la memoria, en la siesta de un domingo de verano, a la vez que miro fotografías de ellos que no conocía en un monográfico dedicado a Martín Santos en Letra internacional http://www.revistasculturales.com/revistas/90/letra-internacional/num/106/. Veo a Benet muy joven y de aspecto ingenuo en la boda de Luis que, en todas las fotos, parece mucho más formal y engominado. Releo fragmentos de Tiempo de silencio que narran las andanzas, que también Benet cuenta, de los varones de aquellos años que, a duras penas, lograban esquivar la pobreza cultural del entorno y la represión sexual, por mucho que trataran de embozarla con alcohol y ocurrencias literarias más o menos elaboradas. Luis era ya médico cuando llegó a Madrid a hacerse cirujano, según los deseos de su padre (cirujano militar), para seguir la saga familiar en la Clínica Martín Santos de San Sebastián. Era un estudiante brillante y ya había hecho una parte de su drástica transformación. A los 17 era un alumno brillante de los marianistas, militante católico; a los dieciocho era un ateo que no se guardaba de ocultar su condición (se casó en los Jerónimos sin embargo: quizá para poder acceder a un estatus que sin duda pretendía o porque en aquella época no había otro remedio). Tras un tiempo de cirujano en prácticas en el Hospital General de Madrid se comenzó a interesar por la psiquiatría que era la especialidad que le ofrecía más posibilidades de especulación intelectual,compatibles con su aficiones literarias, dentro de la medicina . Benet habla de la influencia que también en esto tuvo Felix Letamendía, un singular compañero de bachillerato, de extración humilde, que trabajó como siempre había querido de psiquiatra en Inglaterra; Carlos Castilla del Pino (pueden leerse los pasajes en "Casa del Olivo" , Tusquets 2004) que entonces ya se formaba, como luego Luis, a la sombra de Lopez Ibor, máximo representante de la psiquiatría oficial de la época; quizá un factor personal: la enfermedad de su madre. Entonces prevalecía la escuela alemana y trató ordenadamente de ponerse al día incluso viajando a Alemania y tratando de aprender el idioma. Su tesis dirigida por Lain entralgo (Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental) apunta en ese sentido. Luego se abrió hacia el psicoanálisis que trató de conciliar con el existencialismo que eran los dos grandes vientos intelectuales de la época en Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial.

Supongo que, como Castilla del Pino, ambicionaba una cátedra probablemente en Madrid, pero el azar lo llevó primero en 1950 a C.Real como director del Hospital Psiquiátrico. Trato de imaginarlo yendo y viniendo desde Madrid de lunes a viernes, su rutina diaria en un hospital lóbrego que yo conocí casi treinta años después y que ponía los pelos de punta porque era el estereotipo brutal de un manicomio; la práctica clínica concreta que haría; las relaciones que trabó con los médicos de la ciudad (¿vivirá todavía alguno que lo hubiera conocido?, los paseos que quizá diera por el parque Gasset o las cañas que se tomaría en los bares de entonces ¿El Ideal, el Felipe, el España...?). Supongo que le repugnaría todo aquello, que alimentaría su militancia política o la mirada literaria, pero que a la vez daría cobijo a la prudencia para no perder sus oportunides académicas que, en aquella época (¿como ahora?), pasaban por estar entre los elegidos de quien movía todos los hilos. Por fín el azar le propició poder opositar en 1951 a la plaza de Director del psiquiátrico de San Sebastián. Entonces ya se había casado con Rocio Laffon y parecía abrirse ante él un futuro sumamente prometedor. Prestigio literario y acomodo profesional pero desde el principio aparecieron malos augurios. Gano las oposiciones a un médico interino que poco después apareció ahorcado en una dependencia del hospital. En 1963 murió Rocío por un escape de gas y en 1964 murió él de un accidente de tráfico (como Ignacio Aldecoa) con 39 años.


Aunque no conozco los textos psiquiátricos de Martin Santos (publicados en parte en 2004 http://www.ome-aen.org/NORTE/25/NORTE_25_150_105-108.pdf parece que era consciente, según leo en un artículo de Enrique Baca Baldomero de la necesidad de integración de los aspectos biológicos y los psicosociales. "No todo es neurología pero no todo es ideología", "La causa de toda enfermedad psíquica en una alteración cerebral pero, en ninguna enfermedad psíquica, la causa determina la totalidad de la vida psíquica del sujeto". Así utilizó los fármacos del momento pero trató de construir un modelo psicoterapéutico que superara el enfrentamiento que entonces se daba entre el psicoanálisis y el análisis existencial. Hubiera sido muy interesante ver como hubiera evolucionado en ese objetivo, si se hubiera abierto a las corrientes de psicoterapia americanas de los sesenta, cómo le habrían influido los posteriores avances en neurociencias. Quien sería ahora mismo si el el tiempo lo hubiera respetado y mantuviera todavía el vigor intelectual.


En cualquier caso leyendo Tiempo de silencio, no imagino a Martin Santos como un psiquiatra exclusivamente reducido a los fármacos sin practicar también de forma integrada algún tipo de psicoterapia. Tampoco como alguien que supone la enfermedad mental al margen de las condiciones sociales y culturales de los individuos. A lo lejos admiro (y echo de menos en el panorama médico de estos momentos) su energía, su ambición, su altura intelectual, su capacidad para - en tan pocos años - llegar a ser un excelente escritor, un buen médico, un ciudadano comprometido, un tipo con intención de vivir la vida con intensidad y, por desgracia, de estrellarse con ella demasiado pronto.

jueves, 17 de junio de 2010

La caricia de los cisnes

Aprender a mirar el mundo o más bien contemplarlo con los prejuicios imprescindibles es uno de los retos fundamentales del ser humano. Necesitamos paradigmas que aporten inteligibilidad, predictibilidad y un cierto sentido a la realidad pero a la vez necesitamos distanciarnos de ellos para tratar de contemplarla con ojos limpios y quizá vislumbrar otras perspectivas. A veces un exceso de conocimiento académico aleja de la posibilidad de descubrir verdades esenciales que sin embargo descubren otros que son capaces de observar el mundo sin anteojeras o que simplemente están abiertos a hipotesis que hasta ese momento parecían descabelladas. En la historia de la medicina hay muchos ejemplos de descubrimientos hechos desde fuera del conocimiento ortodoxo imperante en la época y en muchos casos ayudados por la suerte que fueron capaces de saber aprovechar. La serendipia http://es.wikipedia.org/wiki/Serendipia#Enlaces_externos forma parte muy importante de la historia de la ciencia y de la humanidad en general.


Aprender a mirar de una forma creativa depende sobre todo de una actitud que determina los propios conocimientos que adquirimos. También de un entorno cultural que lo posibilite, que valore el talento y no solo el de las buenas notas que se sacan tras masticar sumisamente apuntes obsoletos de profesores mediocres y enchufados. Se trata de saber leer en buenas fuentes, de tener profundidad y visión, energia y entusiasmo. Curiosidad en suma. Lo que lleva al concepto de estado de flujo, la capacidad de concentrar la energia psíquica y la atención en planes y objetivosde nuestra elección, proyectos que sentimos que vale la pena realizar porque lo hemos decidido nosotros, lo que produce el disfrute de cada momento, el olvido del tiempo. Algo que a veces no se comprende si no se ha experimentado. Una buena droga contra la ansiedad y el aburrimiento, la posibilidad de acariciar la felicidad como producto secundario. http://www.eduardpunset.es/418/charlas-con/la-felicidad-es-un-estado-de-flujo. Algo que siempre será una conquista personal.



Curiosidad y creatividad alentadas por el entorno. Richard Florida http://es.wikipedia.org/wiki/Richard_Florida dice que la decisión de donde se va a vivir es algo muy importante para las personas (siempre que pueda elegirse, pero a veces puede hacerse y no se hace). Es lo que determina nuestras posibilidades de trabajo, los amigos que vamos a tener, el ambiente social más o menos tolerante en el que nos movamos, las posibilidades de ocio y cultura, incluso la estética del escenario en el que se va a desarrollar nuestra vida. Para él puede hablarse de ciudades creativas que concentran talento, tecnología y desarrollo económico. Megarregiones distribuidas a lo largo del planeta que concentran la quinta parte de la población mundial donde se concentran las dos terceras partes se la producción económica y un 85% de toda la innovación. Existen unas 40 megarregiones. Las cuatro más grandes son el Área Gran Tokio que incluye la ciudad japonesa y su área metropolitana de 22 millones de habitantes; la megarregión de Bos-Wash que es el corredor de ciudades que va desde Boston a Washinton y que pasa por nueva York; la megarregión de Chi-Pitts, que es el área que va de Pittsburgh a Detroit y Chicago y la de Am-Bus-Twerp, zona que incluye a Amsterdan y Bruselas. Ciudades donde es más fácil que ocurran cisnes negros positivos, sucesos inesperados, impredecibles, serendipidad que puede cambiar para bien nuestra vida.


Tomo estas notas mientras llevo días bloqueado tratando de comprender inutilmente una crisis económica que es claramente un cisne negro, un suceso inesperado que produce un impacto extremo y al que se le trata de buscar predictibilidad retrospectiva. Oigo a presuntos expertos que verbalizan con aparente seguridad argumentos contrarios a los que defendían solo hace unos meses con la misma seguridad. Oigo predicciones contradictorias basadas en argumentos tan elementales e interesados que producen vergüenza. Escucho a otros que dicen que han hecho lo contrario de lo que les he visto hacer todos los días y que proyectan las culpas en los sospechosos habituales. Veo a gente diciendo exactamente lo mismo que ha venido diciendo durante los últimos treinta años y que no ha aplicado en la práctica nunca con éxito.



Trato de no anegarme con la estupidez leyendo “El cisne negro” http://jmonzo.blogspot.com/2008/03/el-cisne-negro-de-nassim-nicholas-taleb.html un libro pertinente en este momento también muy aplicable a multitud de situaciones médicas. En él aconseja tener cuidado con lo que los gobiernos predigan y no creernos nada de lo que dicen (simplemente no pueden predecir lo impredecible); no desperdiciar el tiempo intentando luchar contra los vaticinadores, los economistas, los analistas de bolsa y los científicos sociales. Concentrémonos en no perder la moral y mantener una mentalidad abierta tratando de estar preparados para cambios inciertos. Un estado de flujo orientado a la acción. Es el momento de estar a la altura de las circunstancias o por lo menos de no perderse en un nihilismo esteril. Puede que al final en la vida siempre haya estado todo perdido. Pero por eso, mientras tanto, tiene sentido intentar vivir, amar y trabajar como se desea, atreverse a soñar como si fueramos capaces de hacer algo por acariciar nuestros sueños. No perder la alegría ni la capacidad de tomar el sol como gatos en verano.

lunes, 9 de marzo de 2009

Conocimiento

Se dice que la medicina de familia es una especialidad interdisciplinar. Eso no solo significa que debamos tener formación de distinta profundidad en diversas áreas de las especialidades médicas, sino que tenemos que tener también formación de otras disciplinas como la psicología, la sociología, la antropología, la filosofía de la ciencia o la historia. Nuestro reto es integrar ese conocimiento para prestar una atención personalizada que responda a las necesidades de los pacientes. Me temo que a duras penas hemos conseguido definir nuestra área de conocimiento clínico y que se enseñe en las distintas rotaciones en los años de especialidad. Sin embargo el conocimiento de otras ciencias experimentales o humanísticas que deberíamos tener está mucho menos definido y no conozco textos que las recojan.

Pero ser médico, ser un médico de cualquier especialidad, que trata de comprender la realidad del enfermo que tiene delante y brindarle una atención personalizada, difícilmente se puede conseguir solo con el conocimiento de cuestiones estrictamente clínicas. Es necesario también saber captar de alguna manera su perfil psicológico, su sistema de creencias, las características del entorno en el que se mueve, su sistema de relaciones, el impacto emocional que nos produce a nosotros mismos. Y para manejar eso de forma profesional se precisa de un conocimiento mínimamente estructurado que pueda también ser falsado, sea susceptible de crecimiento y se enriquezca con la experiencia .

El desarrollo de la medicina ha dado lugar a una gran fascinación tecnológica y a una gran superespecialización. Paradójicamente eso, que ha supuesto un gran avance, también ha producido un empobrecimiento clínico que sufren los enfermos y sufrimos todos. Muchos especialistas han renunciado a ser médicos en el sentido que describe el primer capítulo del Harrison, a tener una visión global y un cierto conocimiento interdisciplinar que les permita insertar la patología en la realidad global de la persona enferma y ayudarla a que se sienta mejor. También olvidan que el modelo médico no deja de ser un constructo y que lo aparentemente científico puede ocultar creencias cerradas tan erróneas como las que se tenían en otras épocas y que igualmente pueden bloquear que se abran paso ideas nuevas más verdaderas. Muy a menudo observo como un paciente puede recibir una intervención sofisticada y una idea trasnochada al mismo tiempo. Se le puede hacer una RM por un dolor de espalda que no lo requiere sin que nadie haya evaluado que lleva meses deprimido. Se le puede culpabilizar por sus "nervios" o decirle que lo que le pasa y le hace sufrir "no es nada", sin que el que lo dice haya reflexionado sobre ese aspecto más que cualquier persona que pase por la calle.

Siempre he creído que un universitario tiene que ser algo más que un técnico. Tiene que ser un hombre de su tiempo. Es decir tiene que reflexionar sobre el conocimiento que circula a su alrededor, criticarlo, incorporarlo a su visión del mundo y de sí mismo. Muchas veces sufrimos por planteamientos que están superados hace un siglo. Esa era la filosofía de la Institución Libre de Enseñanza, la que desgraciadamente no termina de cuajar en la universidad española. Solo en algunos colegios mayores es fácil estudiar medicina (o cualquier carrera) y asistir a seminarios sobre filosofía o literatura o cine o historia. O tener tertulias con intelectuales o científicos reconocidos. Por desgracia en otros, los chicos van a clase y luego no tienen incentivos para dedicarse a algo distinto que jugar a la X-Box o ver Operación Triunfo.

Sin embargo creo que un médico además de ser un clínico competente tiene que conocer a Bertrand Russell, creo que algo cambia en su práctica después de leer "La conquista de la felicidad". También pienso que un médico de familia aprende cosas esenciales sobre la condición humana leyendo "Madame Bobary" o "La enfermedad y sus metáforas" de Susan Sontag o algunos textos de Karl Popper o de Antonio Damasio.


Pero hay algo más. Si los médicos somos científicos en una materia muy marcada por la biología y por tanto por los debates bioéticos y la investigación, conviene que tengamos cierta información de por donde fluye el debate al máximo nivel en estos momentos; que no nos dejemos seducir e implicar en diatribas elementales en el terreno de las creencias cerradas, tan propiciados por los medios de comunicación, incluso por nuestros medios de comunicación que personalmente veo cada vez más tentados a caer en el amarillismo. Nos conviene identificar nombres que no son famosos pero que son importantes en el debate científico actual y descubrirlos a nuestros MIR. Gente como Daniel Dennett (filosofía evolucionista de la mente), Patricia Smith Churchland (neurofilosofía), David Sloan Wilson y E.O. Wilson (sociobiología), Larry Arnhart (biopolítica), Jared Diamond (antropología evolucionista), Herbert Gintis (economía experimental), Leda Cosmides, John Tooby
Steven Pinker (psicología evolucionista), o Richard Dawkins (memética). Haced la prueba de buscarlos en Wikipedia y descubriréis un mundo fascinante.

Los médicos tenemos la necesidad de poner en cuestión continuamente lo que hacemos. Tenemos que cuestionar nuestras actitudes, lo que creemos que sabemos y que sin embargo ya ha quedado obsoleto y nos impide aprender cosas nuevas. El conocimiento bien gestionado es un ingrediente esencial de la libertad de pensamiento, de la capacidad de adaptación, además de una aventura intelectual apasionante que puede ir completándose a lo largo de los años, sin agobios, con gozo. Ya sabéis el rigor intelectual no tiene por que ser "rigor mortis".

En la revolución naturalistahttp://www.revolucionnaturalista.com/, un blog fascinante, que os recomiendo revisar con calma porque hay mucha información, podéis acercaros a algunos de los debates de la filosofía de la ciencia de nuestra época. Un lujo muy brillante.
Publicado por R.G.C. el 19 de Junio de 2008

Instantes

La consulta es larga y muchos días farragosa. Por eso conviene utilizar algunos trucos para desconectar, aunque sea un momento, entre un enfermo y otro. O para conectar con alguna idea o sensación que nos devuelva la creatividad o el buen humor. A mi me va bien pasar la consulta con música. Donde yo trabajo es posible hacerlo poniendo un DVD en el ordenador pero cuando no lo tenía me hice con un reproductor barato que me ha acompañado en todas las consultas. Así comenzar la mañana es más amable escuchando "Las variaciones Golberg". Y he observado que a los pacientes también les gusta.

También, de vez en cuando, me paro unos minutos para leer un poema. En internet hay un par de web que se prestan mucho a la lectura rápida. En http://www.poemas-del-alma.com/ podéis encontrar bellos poemas de casi cualquier poeta. Uno trae otro como las cerezas. Y lo mejor es que se descubren poemas desconocidos que son estupendos. En el poder de la palabra ( http://www.epdlp.com/) encontraréis biografías cortas y fragmentos de muchos escritores de todo el mundo. También fragmentos de música o de películas.

El otro día descubrí este poema de Borges y también espero que me descubráis vuestros trucos para hacer cada día las mismas cosas pero de distinta manera, para mantener los ojos bien abiertos.

Instantes
(autor: Don Herold, adaptación: Jorge Luis Borges)

Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez vida por delante.
Pero ya ven, tengo 85 años...
y sé que me estoy muriendo.

Publicado por RGC el 30 d Enero de 2008