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domingo, 5 de febrero de 2012

Médicos



Tenemos una idea sobre nosotros mismos. Quizá demasiado general para ser totalmente cierta. Sabemos que tenemos colores y a veces sospechamos el color de los otros y nos ponemos etiquetas que probablemente  son engañosas pero nos fragmentan.  También nos la ponen los que nos miran, los que nos piden ayuda o los que nos gobiernan . Quizá porque tenemos muchas especialidades y vestimos de verde o de blanco o trabajamos en hospitales o en consultorios rurales o en residencias de ancianos.

 Sabemos que entre nosotros  hay arrogantes y también tímidos; que algunos se vendieron a más de una causa y que otros han dado mucho de su vida  por la única que siempre han tenido. Algunos lucharon un tiempo y luego les pudo el viento en la cara y se dejaron llevar. Otros se subieron a trenes que pasaban a su lado porque pensaron que era su unica oportunidad para llegar a algún sitio o para salir de otro que no les gustaba demasiado.  Algunos hiceron fortuna en la política, otros se apuntaron a una ONG. Algunos hacen los mejores trasplantes de Europa, otros viven aislados en un pueblo perdido y mantienen el tipo cualquier noche de lluvia sin demasiado sentimentalismo, ni capote para resguardarse. Hay gente que estudia mucho y quien nunca estudió demasiado aunque llegar aquí no es fácil, no nos engañemos, solo basta mirar a esos chicos que el otro día se presentaron al examen MIR. Y que cuatro o cinco años después quizá se anegen en un mar donde no podrán demostrar su talento.

Sabemos que entre nosotros hay aprovechados y chamanes de otros tiempos que juegan con el prestigio de una profesión muy antigua,  donde hemos sido de todo a lo largo de la historia. Fuimos los medicos de todos los reyes y  de algunos poetas; de dictadores y de subersivos; apuntalamos el poder pero también a los que lo combatían. Fuimos de todos los colores, como ahora mismo. Porque estamos en todos sitios y somos muchos.  Es lógico que así sea porque tenemos tantos colores como la gente tiene. Y por cada estupido hay alguien especialmente inteligente; por cualquier cobarde hay alguien con un valor muy acreditado; por cualquier inmoral hay alguien que siempre trató de ser justo; por cada sectario hay alguien tan  independiente que aplica el método científico también a lo que oye a su alrededor y sobre todo a los hechos. Entre todos hemos ayudado a construir un sistema sanitario que ahora parece correr peligro, que amenaza con fragmentarse en mil pedazos; donde se quiere utilizar un idioma para chantajear a un paciente o donde pudiera ser que un mismo cáncer se trate con terapias de distinto nivel en según qué sitio. Vivimos un tiempo donde una crisis económica puede ser utilizada para llevarse por delante derechos muy valiosos. Y quizá haya desalmados esperando para aprovecharse de este río revuelto.

Ha llegado el momento de ser benignamente corporativistas. De ponernos serios. De olvidar lo accesorio. De centrarse en lo importante y dejar de lado los colores, las antiguas rencillas, las envidias, los malentendidos, las luchas de poder. Hay que situarse en esa intersección civilizada donde  existen ciertas cuestiones que no pueden permitirse, que son sagradas.  Cualquier  gobierno legítimo tiene derecho a cambiar muchas cosas pero, si es democrático, solo de cierta manera. Tiene que haber información y razones. Transparencia, lógica y empatía. No desinformación interesada.  Si hay que ahorrar hay que hacerlo de lo accesorio, que también sabemos demasiado bien, que es un territorio muy amplio todavía y que quizá se aumentó en exceso estúpidamente. Pero hay cosas esenciales: nadie realmente enfermo debe quedar sin atender por no tener dinero o influencias o ser de otra comunidad. Somos ciudadanos de Europa, un territorio que tuvo un siglo XX especiamente turbulento en el que, por cierto, algunos torbellinos sangrientos comenzaron también con una crisis económica. Y este pais sabe de tiempos donde el derecho a ser atendido con eficacia no estaba garantizado.

Es el momento de hablar claro. De que nos hablen claro. De que nos hablen los mejores: en esta situación, como en nuestro oficio, cuando hay algo importante  no valen los aficionados y estamos hartos de floreros. A los que toman las decisiones hay que exigirles que al menos las justifiquen con un cierto nivel literario y con una  adecuada curva de aprendizaje. Que no jueguen a desinformar, ni con conquistas laborales que ha costado mucho conseguir, ni con sueldos que ha costado mucho consolidar y de los que no nos hemos quejado demasiado, como tampoco por lo que con ellos hemos contribuido al erario público.  En eso no hemos sido peores que otros colectivos. Comprendemos que un sistema sanitario puede organizarse de muchas maneras pero tiene que cumplir adecuadamente unos mínimos y ofrecer prestaciones de calidad para toda la población. También los que trabajan en él tienen que tener unos derechos que no pueden ser arbitrariamente alterados y que tienen que ser trasparentes y, en mi opinión,  fundamentalmente basados en el mérito.

No deberíamos dejar que nos trataran como simples marionetas, que nos redujeran a técnicos descerebrados que solo saben meter tubos o mirar gargantas o coser heridas.  Pertenecemos a un grupo historico en el han habitado cabezas como las de Santiago Ramón y Cajal  o Severo Ochoa;  como las de Gregorio Marañón o  Carlos Jiménez Diaz;  como las de Pedro Laín Entralgo o  Carlos Castilla del Pino. Como las todos los médicos que han contribuido con su esfuerzo a que este sistema sanitario sea el que es, aunque tenga defectos, aunque sea mejorable, aunque ahora haya que recortarlo un poco: pero siempre de lo accesorio.

Tenemos  la obligación de participar en el debate público en estos momentos: es el tiempo de hablar con argumentos racionales basados en hechos; de no pasar por ciertos aros; de ser inteligentes y honestos; de pensar en los médicos más jóvenes y también en los más viejos; de poder permitirnos mirar a la cara, en el futuro,  a los que de nuestros hijos  sean también médicos.   Es la hora de no dejar a la ciudadanía abandonada a su suerte, sobre todo a los más débiles. Es la hora de trasmitir que hay ciertos límites que no vamos a dejar que se traspasen fácilmente. Aunque tengamos  distintos colores o  distintas edades;  distintas religiones o no tengamos ninguna;  distinto estatus o distintas habilidades, es el momento de trasmitir a nuestros conciudadanos que por encima de todo somos médicos de un pais desarrollado  y   que sabemos ser independientes y fuertes defendiendo derechos esenciales que nos conciernen a todos. Es el momento de pensar, de hablar con fundamento e intentar  persuadir.También de ser prudentes y de no dejarnos engañar.  Es el momento de apoyarnos para no sentirnos solos. De ser benignamente corporativistas. 





domingo, 8 de enero de 2012

Los peligros de los magos


Reconozco que cuando veo a los niños azorados, llorosos o risueños  en las rodillas de figurantes barbudos y con capas ribeteadas de falso armiño, en las puertas de los grandes almacenes o de los ayuntamientos, siento sensaciones extrañas, una leve incomodidad perturbadora.  Observo a padres o abuelos nerviosos tratando de animar a que los chiquillos vergonzosos les cuenten todos los regalos que desean,  mientras les echan fotos o graban en video el gran momento.  Suelo recordar que esas criaturas llevan casi un mes viendo anuncios incesantes por televisión que les animan a desear todo tipo de videojuegos, el maletín Nancy estudio de peinados o el peluche Gogo. También recuerdo esa sensación infantil de cierto resentimiento o incomprensión cuando al día siguiente,  al buscar ávidamente en los zapatos, se descubría que los magos no habían dejado la lista entera y siempre faltaba el anhelado Scalectrix  o la bici de carreras, a pesar de todos los  esfuerzos de bondad que se habían hecho.  Sensación que  aumentaba  al salir a la calle  y ver que los magos habían sido bastante más generosos en otras casas del vecindario, justo donde vivían las familias más acomodadas. 

Sin embargo parece haber un acuerdo social sobre la bondad de crear estas ilusiones y se montan cabalgatas con camellos y pajes y se niega, mientras se puede, que los reyes magos sean los padres e, incluso, muchos recuerdan la expectación de la noche de reyes, cuando ya son  mayores,  como  una de las mejores experiencias de su vida. Se aduce la importancia de implantar,en la inocencia de la infancia,  la fe en el poder de la ilusión,  la creencia en los milagros  de la fortuna más o menos inducidos por todo tipo de rituales o bolas de cristal, como algo fundamental para soportar las inclemencias reales de la vida. 

La creencia en utopias quizá se ancle  en esta capacidad que tiene el ser humano en distorsionar la realidad cuando le conviene. Es claro que para intentar salir de una situación inclemente hay que procurar imaginar otra mejor y aspirar acercarse a ella.  Pero hay que tener cuidado  con la ideología que se construye  porque, como ha demostrado el siglo XX, detrás de discursos elocuentes o bellas intenciones de igualdad,  prosperidad  o felicidad se han ocultado infiernos aún peores que los que se pretendían superar. Cualquier idea de mejora por muy bonita que quede en un papel debería pasar la prueba de la realidad, el experimento de observar si funciona con la gente real en el momento presente antes de implantarla de forma generalizada. Pero suele ocurrir que las utopias cerradas llevan adosada una ideología de la sospecha. Y cualquier persona que cuestione alguno de sus aspectos se convierte de inmediato en sospechosa de justificar el   injusto y execrable estado de cosas que se pretende superar. Lo que ha  conllevado, casi de manera automática, infaustas consecuencias. Una utopia quizá es siempre una distopia todavía no realizada.

Decía Borges aquello tan bonito de que "...un libro es una cosa entre  las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo hasta que da con su lector con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza , ese misterio hermoso que no descifran  ni la psicología ni la retórica..." Y ultimamente he sentido esa sensación, no tanto de belleza sino de fascinación por la lucidez del conocimiento que muestra, al descubrir 8 años más tarde de haber sido publicado  (lo que me obligará a buscar los cambios científicos que hayan podido producirse en este tiempo)  "La tabula rasa" de Steve Pinker.

En otras entradas exploraré algunas de las implicaciones que propone  este libro que cuestiona algunos de los mitos sobre los que se ha basado el pensamiento moderno:  la noción de "tabula rasa", la presunción  de que el ser humano nace sin mente, sin instintos y todo es potencialmente educable hasta convertirnos en iguales;  "el mito del buen salvaje" según el cual el ser humano nace con tendencias siempre benignas y es la sociedad la que le incita a la violencia y la maldad; el concepto del "fastasma de la máquina" según la cual hay un espíritu donde reside nuestra identidad que actua al margen de las condiciones y cualidades físicas de nuestro cerebro.  La tesis de Pinker es que basar buenas deseables intenciones de reforma social o personal  en mitos no sostenibles desde el punto de vista de la investigación científica, como negar el concepto de naturaleza humana puede llevar paradójicamente a hacerlas sumamente frágiles o a conseguir efectos indeseados.

Hubo un tiempo que me sentí fascinado por ese discurso de basar el sistema sanitario de un pais  en la idea de salud según la OMS ("estado de perfecto bienestar físico, psíquico y social, y no sólo la ausencia de lesión o enfermedad").  Parecía obvio que era preferible la idea positiva (salud) sobre la negativa (enfermedad). Parecía evidente que lo importante era invertir en  medidas preventivas, en educación sanitaria, en una intervención comunitaria que estimulara cambios  que llevaran  a una sociedad justa y por tanto saludable, donde todo el mundo fuera feliz. Hice cursos donde me hablaban de sistemas nacionales de salud perfectos, como Rusia o Cuba o Chile, donde se hacían programas de salud que torpemente intentabamos reproducir en ejercicios simulados.  Estuve de acuerdo  con una reforma sanitaria que asumiera que la atención primaria se tenía que basar sobre todo en la prevención y en la promoción de la salud más que en el diagnóstico y el tratamiento de los enfermos ( con lo que perdimos el prestigio clínico y el acceso a pruebas diagnósticas quizá para siempre). Me creí  la película del trabajo interdisciplinar y de los equipos de salud que iban a resolver todas las carencias históricas que había arrastrado la medicina general a la que había que cambiarle hasta el nombre .

Pero  la realidad, treinta años después, no ha sido exactamente la que esperábamos. Los paraisos de los que nos hablaban no lo eran  en absoluto. Los iluminados  que parecían conocer todos los secretos se convirtieron en torpes gestores que, salvo excepciones,  nunca supieron gestionar más que su propia y triste supervivencia.  La prevención se ha convertido en una gran negocio de medicalización y control social  para todo tipo de  grupos económicos que intuyeron un nicho de negocio o influencia sumamente rentable y fácil de publicitar a una población fascinada por el consumo. Y que, a día de hoy, cada vez hay más datos de que puede haber producido más mal que bien.  La salud se ha convertido en la legitimación de cualquier moralina más o menos bien intencionada pero insoportable en sus medios y en su estética  para ciudadanos libres e inteligentes de un pais democrático.

Paradójicamente (la atención primaria iba a ser la base del sistema sanitario) la formación de los médicos se ha sesgado progresivamente hacia la especialización y los recursos han migrado hacia la atención hospitalaria, lo que conlleva generalmente una atención con recursos máximos y por tanto la necesidad de  pedir múltiples y caras pruebas complementarias para solucionar los problemas más banales,  lo que a su vez alimenta las expectativas de la población (en un sistema gratuito) en hacerselas para cualquier malestar mínimo "no sea que vaya a ser algo malo".  La capacidad de curar se ha desplazado a los hospitales y a las máquinas, como de continuo publicitan todas las pantallas de las televisiones que nos rodean, cuando se suponía que iba a ocurrir lo contrario y la relación asistencial con el médico de familia iba a ser la base para estimular unos autocuidados inteligentes. Cada especialista prescribe, de forma casi automática, el mayor número de farmacos posibles para cualquier patología, convirtiendo la polifarmacia probablemente en el mayor problema de salud con el que ahora nos encontramos y que por cierto nadie está estudiando en serio en condiciones naturalistas, al igual que la iatrogenia de las intervenciones diagnósticas invasivas injustificadas.  El sistema sanitario español aparece fragmentado en múltiples subsistemas autonómicos que apenas comparten datos fiables, ni en muchos casos igualdad de prestaciones. Lo mejor es que todavía ofrece una atención gratuita   para todos los españoles y es muy eficaz para resolver  enfermedades agudas o complicaciones de las crónicas que precisen intervenciones especializadas.

Podría seguir pero me canso y noto que me pongo quizá demasiado tremendista y por tanto me alejo de la realidad y se me va el hilo de lo que quería argumentar. Las causas siempre son complejas pero creo que el haber montado un sistema basado en una utopía y con un discurso tan débil tiene algo que ver en lo que esta ocurriendo. La demanda se ha disparado y no se valora el coste de los servicios;  las listas de espera son eternas y no discriminan entre lo banal y lo grave;   la capacidad de autocuidado ha disminuido en vez de aumentar y se atienden catarros en los hospitales o se demanda un psicologo o un "fisio" para cualquier tropezón vital.  Y lo que es peor, esto hace que  patologías frecuentes potencialmente  graves se vean demoradas injusticada y peligrosamente y que, a pesar de la propaganda, los ciudadanos sigamos sin tener  la atención adecuada para una muerte con el menor sufrimiento y dolor posibles. Es decir se ha producido lo contrario de lo que se pretendía. Y encima ahora la crisis económica puede llevarselo por delante  porque cada vez hay más datos de que la fragmentación del sistema va a posibilitar una mayor facilidad para el desmantelamiento y la privatización de lo que hasta ahora hemos comocido, con lo que es posible que en poco tiempo una parte importante de la población pierda el acceso a  unos cuidados sanitarios de calidad. Es decir el discurso de la sanidad pública gratuita ha puesto las cosas muy sencillas a los que siempre quisieron  privatizarla. Una nueva paradoja.


Quizá alguien tendría que haber explicado a tiempo que un sistema sanitario tiene que centrarse en atender con la mayor eficacia las enfermedades de cierta importancia y solo intentar prevenir lo que esté muy claro que pueda y deba intentar ser prevenido porque vivir siempre tendrá riegos y es un riesgo mucho mayor el querer vivir sin ninguno. Y que es un privilegio que eso sea gratuito en un país, porque es muy caro y hay que cuidarlo mucho,  porque puede convertirse facilmente en no sostenible si se abusa de él. Lo demás es un problema de buena educación y de buena politica que procure ciudades más habitables; trabajos con condiciones más amables; códigos culturales menos alienantes; condiciones sociales que posibiliten la promoción de las más inteligentes y honestas cabezas que  comprendan y sean capaces de aplicar el método cientifico para la toma de las decisiones más diversas, intentando superar cualquier tipo de de sectarismo. 

Por todo eso merece la pena seguir trabajando porque, como dice David S Landes en "Riqueza y pobreza de las naciones",otro libro que quizá conviene releer en estos tiempos:

"Las personas que viven para trabajar (…y ven la felicidad como un producto derivado) son un élite pequeña y abierta al mundo, que surge espontáneamente  y está compuesta por gentes que tienden a ver el lado positivo de las cosas. En este mundo los optimistas se llevan el gato al agua, no porque siempre tengan razón , sino porque son positivos. Incluso cuando están equivocados son positivos, y esa es la senda que conduce a la acción, a su enmienda, a su mejoría y al éxito.  El optimismo educado y despierto recompensa; el pesimismo solo puede ofrcer el triste consuelo de tener razón.  La gran lección que  puede sacarse de lo dicho es que es necesario no cejar en el empeño. Los milagros no existen. La perfección es inalcanzable . No hay milenarismos. Ni apocalipsis. Hay que cultivar una fe escéptica, evitar los dogmas, saber escuchar y mirar, tratar de despejar y fijar los fines para poder escoger mejor los medios"

martes, 11 de mayo de 2010

Enfermedades reales

Quizá lo que uno comprende con el tiempo es que en los momentos en que hay que tomar decisiones importantes relacionadas con la salud, donde hay riesgo y miedo, es fácil que se ponga en tensión lo que decíamos que íbamos a hacer; lo que nos gustaría hacer, si pudiéramos; y lo que realmente hacemos de verdad, que tiene mucho que ver con lo que nos podemos permitir en función de nuestro estatus social, nuestras relaciones y nuestros medios económicos. Esto es humano, casi evidente, pero se hurta sistemáticamente en los discursos oficiales e incluso técnicos sobre la sanidad de este pais. Quizá porque muchos de los que hacen esos discursos saben desde el principio que ellos no van a estar incluidos en las normas que construyen y tratan de legitimar, a duras penas, con palabras a menudo vacías de contenido.


Sospecho que a mis pacientes y a mí mismo cuando estemos seriamente enfermos nos gustaría tener acceso de forma libre al médico o al hospital que nos ofrezca más confianza (y la información fidedigna sobre cuales son los mejores) dentro del territorio nacional; no guardar listas de espera ni para el ingreso ni para los resultados de las pruebas de cualquier tipo; tener garantizada una comunicación cordial y cómoda con el equipo que nos fuera a atender y negociar con él, de forma flexible, los perfiles de la asistencia; una habitación confortable que garantizara nuestra intimidad y donde pudieran acompañarnos nuestros familiares a todas horas de forma cómoda y con todos los servicios; poder utilizar nuestra propia ropa y comer la comida que prefirieramos incluso la de nuestro restaurante preferido.


Se puede decir que lo anterior solo es una fantasía incompatible con la equidad y la eficiencia dentro de la sanidad pública de este pais que, ya se sabe, "es la mejor del mundo" y es admirada en todos los confines del planeta. Se puede decir que la organización de los hospitales públicos impide que se den circunstancias de este tipo dentro de ellos. Se supone que tienen que sacrificar los aspectos hoteleros y de comodidad personal para dar una asistencia de calidad a toda la población por estricto orden de entrada, lo que supone asumir un tiempo de espera para que "todos" podamos beneficiarnos de una asistencia que pagamos también entre todos.


El sistema es tan bueno que la mayoría de nuestros políticos importantes y gente de posibles acuden al centro de salud de su barrio, al hospital comarcal de su area de salud y guardan pacientemente la lista de espera y el médico que les toque. Lo hemos visto a lo largo de los años con divos de la ópera, futbolistas, ministros, presidentes del gobierno y monarcas. Los ciudadanos han tomado nota y tratan de imitarlos. Han dado un ejemplo a imitar.


El Hospital Clinic http://www.hospitalclinic.org/ es un hospital público de prestigio y se supone que igual de bueno que cualquier hospital del pais. Ya se sabe que "la mejor sanidad del mundo" está basada en la equidad y que da igual ser atendido en uno que en otro. Se supone también que sus profesionales están sujetos al mismo tipo de contrato, funciones y limitaciones que los del resto de los hospitales del pais. Sin embargo (cito textualmente) "El Hospital Clínic "ha sido el centro elegido por la Casa Real para llevar a cabo la extracción de un nódulo pulmonar detectado al Rey Juan Carlos" según explica con orgullo en su web que visito con curiosidad reconozco que despues de leer una entrada en el blog de Arcadi Espada http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elmundopordentro/2010/05/09/barnaclinic-una-cierta-incomodidad.html .


Y es que en este hospital público hay una parte privada llamada Barnaclinic http://www.hospitalclinic.org/Default.aspx?tabid=133&language=es-es que solo pretende (vuelvo a citar textualmente)

  • Incrementar los ingresos para ayudar a la sostenibilidad económica y repercutir en beneficio de la actividad sanitaria pública.
  • Fidelizar a los profesionales con la institución, ofreciendoles la posibilidad de ejercer la actividad privada, bajo un modelo de funcionamientos que no suponga conflictos con las prestaciones sanitarias públicas.
  • Conseguir a medio plazo ser una entidad de referencia en el ámbito de la sanidad privada construyendo a partir de las fortalezas del Hospital Clinic.


Para que nadie tenga problemas de conciencia se adjunta un informe ético de Victoria Camps, Guillem Lòpez-Casasnovas y Àngel Puyol sobre Les prestacions privades a les organitzacións sanitàries públiques que no consigo leer en mi ordenador.


En Barnaclinic se ofrecen todo tipo de servicios desde genómica hasta medicinas alternativas (!) y se describen con minuciosidad las características de su hospitalización http://www.barnaclinic.com/Clinic_1.0.00/portal/barnaclinic/hospitalizacion : adjunto algunas de ellas:


«Las habitaciones están equipadas con timbre de llamada, interfono para hablar directamente con el personal de enfermería, alarma de emergencia en el lavabo, control individual de la temperatura de la habitación, piloto de luz nocturno, mesa de trabajo para paciente y/o acompañante, sofá cama, televisión, teléfono y acceso a Internet.


En caso de que el paciente requiera traslado a una unidad de cuidados especiales, la habitación sigue reservada tanto para el paciente como para el familiar o acompañante si así lo desean, siempre y cuando las necesidades de la unidad lo permitan.

El paciente recibe la información directamente de su médico responsable y, si tiene alguna duda, siempre recibirá el soporte del médico consultor de la sala.


La comida se sirve en la habitación, donde el paciente dispone del mibiliario adecuado para comer sentado si así lo desea y su estado de salud se lo permite. Si el médico autoriza una dieta libre, barcanclinic ofrece la opción de hacer pedidos fuera del centro. El familiar o acompañante también puede comer en la habitación, siempre que se avise al personal de barnaclinic.


Los familiares pueden visitar al paciente en cualquier momento del día. Si el paciente está descansando, o bien se le está realizando algún tratamiento, la enfermera se lo indicará.


Barnaclínic favorece el uso de ropa personal (pijamas, camisones o batas), siempre que la patología lo permita, aunque se recomienda usar la ropa proporcionada por barnaclínic en el momento del ingreso. En los casos estrictamente necesarios, como la realización de determinadas pruebas médicas o para la preparación quirúrgica, el paciente deberá seguir las indicaciones que recibirá del personal asistencial.


Barnaclinic le ofrece la posibilidad de solicitar servicios de atención personalizada:

— Peluquería, manicura y pedicura

— Lavandería y tintorería externa para la ropa de los acompañantes y la ropa personal del paciente

— Catering externo para los acompañantes

— Apoyo psicológico

— Fisioterapeuta

— Cuidador permanente en la habitación


"Las habitaciones de barnaclínic son acogedoras, tranquilas y confortables, acondicionadas para favorecer la recuperación de cada paciente"


En fin una fantasía al parecer posible dentro de la sanidad pública y que con sinceridad solo me produce envidia. Como profesional me gustaría que me intentaran fidelizar de esa manera, que me ofrecieran la posibilidad de desarrollar competentemente mi trabajo (pienso en mandar mi curriculum aquí

seleccio@clinic.ub.es porque ese hospital también gestiona centros de atención primaria http://www.hospitalclinic.org/Default.aspx?tabid=381&language=es-es). También recuerdo cosas como la exclusividad (y sus justificaciones ideológicas) y todo lo que pasó en el Gregorio Marañón hace años (¿se acuerdan de Ramiro Rivera?) pero ¿a quien le interesa la historia? ya se sabe que hay que vivir el presente.


Como paciente me gustaría que esa puerta estuviera abierta en todos los hospitales públicos, donde haya servicios o médicos en los que se pueda confiar y a los que no puedo acceder porque no son "mi hospital de referencia" y porque la libre elección de médico hospitalario fue un derecho que quedó en el olvido (se acuerdan de una ministra que se llamaba Angeles Amador y que hace años lo lanzó en todos los telediarios como el gran logro de la sanidad pública). Incluso preferiría ahorrar para eso en vez de para comprarme una "tele" de plasma. Uno tiene derecho a gastarse el dinero (si lo tiene) en lo que quiera. En fin ¡que suerte tienen algunos!...compañeros.


Coda: Veo las ruedas de prensa, los logos en los paneles(todo tan parecido a las ruedas de prensa de los futbolistas) y pienso en la negociación de los derechos de imagen, si se descontarán de la factura. Si habrá factura. En cualquier caso es "para estar orgullosos de la sanidad pública" ( http://www.elmundo.es/elmundo/2010/05/11/espana/1273571255.html )


http://www.arcadiespada.es/2010/05/12/12-de-mayo/