domingo, 8 de enero de 2012

Los peligros de los magos


Reconozco que cuando veo a los niños azorados, llorosos o risueños  en las rodillas de figurantes barbudos y con capas ribeteadas de falso armiño, en las puertas de los grandes almacenes o de los ayuntamientos, siento sensaciones extrañas, una leve incomodidad perturbadora.  Observo a padres o abuelos nerviosos tratando de animar a que los chiquillos vergonzosos les cuenten todos los regalos que desean,  mientras les echan fotos o graban en video el gran momento.  Suelo recordar que esas criaturas llevan casi un mes viendo anuncios incesantes por televisión que les animan a desear todo tipo de videojuegos, el maletín Nancy estudio de peinados o el peluche Gogo. También recuerdo esa sensación infantil de cierto resentimiento o incomprensión cuando al día siguiente,  al buscar ávidamente en los zapatos, se descubría que los magos no habían dejado la lista entera y siempre faltaba el anhelado Scalectrix  o la bici de carreras, a pesar de todos los  esfuerzos de bondad que se habían hecho.  Sensación que  aumentaba  al salir a la calle  y ver que los magos habían sido bastante más generosos en otras casas del vecindario, justo donde vivían las familias más acomodadas. 

Sin embargo parece haber un acuerdo social sobre la bondad de crear estas ilusiones y se montan cabalgatas con camellos y pajes y se niega, mientras se puede, que los reyes magos sean los padres e, incluso, muchos recuerdan la expectación de la noche de reyes, cuando ya son  mayores,  como  una de las mejores experiencias de su vida. Se aduce la importancia de implantar,en la inocencia de la infancia,  la fe en el poder de la ilusión,  la creencia en los milagros  de la fortuna más o menos inducidos por todo tipo de rituales o bolas de cristal, como algo fundamental para soportar las inclemencias reales de la vida. 

La creencia en utopias quizá se ancle  en esta capacidad que tiene el ser humano en distorsionar la realidad cuando le conviene. Es claro que para intentar salir de una situación inclemente hay que procurar imaginar otra mejor y aspirar acercarse a ella.  Pero hay que tener cuidado  con la ideología que se construye  porque, como ha demostrado el siglo XX, detrás de discursos elocuentes o bellas intenciones de igualdad,  prosperidad  o felicidad se han ocultado infiernos aún peores que los que se pretendían superar. Cualquier idea de mejora por muy bonita que quede en un papel debería pasar la prueba de la realidad, el experimento de observar si funciona con la gente real en el momento presente antes de implantarla de forma generalizada. Pero suele ocurrir que las utopias cerradas llevan adosada una ideología de la sospecha. Y cualquier persona que cuestione alguno de sus aspectos se convierte de inmediato en sospechosa de justificar el   injusto y execrable estado de cosas que se pretende superar. Lo que ha  conllevado, casi de manera automática, infaustas consecuencias. Una utopia quizá es siempre una distopia todavía no realizada.

Decía Borges aquello tan bonito de que "...un libro es una cosa entre  las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo hasta que da con su lector con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza , ese misterio hermoso que no descifran  ni la psicología ni la retórica..." Y ultimamente he sentido esa sensación, no tanto de belleza sino de fascinación por la lucidez del conocimiento que muestra, al descubrir 8 años más tarde de haber sido publicado  (lo que me obligará a buscar los cambios científicos que hayan podido producirse en este tiempo)  "La tabula rasa" de Steve Pinker.

En otras entradas exploraré algunas de las implicaciones que propone  este libro que cuestiona algunos de los mitos sobre los que se ha basado el pensamiento moderno:  la noción de "tabula rasa", la presunción  de que el ser humano nace sin mente, sin instintos y todo es potencialmente educable hasta convertirnos en iguales;  "el mito del buen salvaje" según el cual el ser humano nace con tendencias siempre benignas y es la sociedad la que le incita a la violencia y la maldad; el concepto del "fastasma de la máquina" según la cual hay un espíritu donde reside nuestra identidad que actua al margen de las condiciones y cualidades físicas de nuestro cerebro.  La tesis de Pinker es que basar buenas deseables intenciones de reforma social o personal  en mitos no sostenibles desde el punto de vista de la investigación científica, como negar el concepto de naturaleza humana puede llevar paradójicamente a hacerlas sumamente frágiles o a conseguir efectos indeseados.

Hubo un tiempo que me sentí fascinado por ese discurso de basar el sistema sanitario de un pais  en la idea de salud según la OMS ("estado de perfecto bienestar físico, psíquico y social, y no sólo la ausencia de lesión o enfermedad").  Parecía obvio que era preferible la idea positiva (salud) sobre la negativa (enfermedad). Parecía evidente que lo importante era invertir en  medidas preventivas, en educación sanitaria, en una intervención comunitaria que estimulara cambios  que llevaran  a una sociedad justa y por tanto saludable, donde todo el mundo fuera feliz. Hice cursos donde me hablaban de sistemas nacionales de salud perfectos, como Rusia o Cuba o Chile, donde se hacían programas de salud que torpemente intentabamos reproducir en ejercicios simulados.  Estuve de acuerdo  con una reforma sanitaria que asumiera que la atención primaria se tenía que basar sobre todo en la prevención y en la promoción de la salud más que en el diagnóstico y el tratamiento de los enfermos ( con lo que perdimos el prestigio clínico y el acceso a pruebas diagnósticas quizá para siempre). Me creí  la película del trabajo interdisciplinar y de los equipos de salud que iban a resolver todas las carencias históricas que había arrastrado la medicina general a la que había que cambiarle hasta el nombre .

Pero  la realidad, treinta años después, no ha sido exactamente la que esperábamos. Los paraisos de los que nos hablaban no lo eran  en absoluto. Los iluminados  que parecían conocer todos los secretos se convirtieron en torpes gestores que, salvo excepciones,  nunca supieron gestionar más que su propia y triste supervivencia.  La prevención se ha convertido en una gran negocio de medicalización y control social  para todo tipo de  grupos económicos que intuyeron un nicho de negocio o influencia sumamente rentable y fácil de publicitar a una población fascinada por el consumo. Y que, a día de hoy, cada vez hay más datos de que puede haber producido más mal que bien.  La salud se ha convertido en la legitimación de cualquier moralina más o menos bien intencionada pero insoportable en sus medios y en su estética  para ciudadanos libres e inteligentes de un pais democrático.

Paradójicamente (la atención primaria iba a ser la base del sistema sanitario) la formación de los médicos se ha sesgado progresivamente hacia la especialización y los recursos han migrado hacia la atención hospitalaria, lo que conlleva generalmente una atención con recursos máximos y por tanto la necesidad de  pedir múltiples y caras pruebas complementarias para solucionar los problemas más banales,  lo que a su vez alimenta las expectativas de la población (en un sistema gratuito) en hacerselas para cualquier malestar mínimo "no sea que vaya a ser algo malo".  La capacidad de curar se ha desplazado a los hospitales y a las máquinas, como de continuo publicitan todas las pantallas de las televisiones que nos rodean, cuando se suponía que iba a ocurrir lo contrario y la relación asistencial con el médico de familia iba a ser la base para estimular unos autocuidados inteligentes. Cada especialista prescribe, de forma casi automática, el mayor número de farmacos posibles para cualquier patología, convirtiendo la polifarmacia probablemente en el mayor problema de salud con el que ahora nos encontramos y que por cierto nadie está estudiando en serio en condiciones naturalistas, al igual que la iatrogenia de las intervenciones diagnósticas invasivas injustificadas.  El sistema sanitario español aparece fragmentado en múltiples subsistemas autonómicos que apenas comparten datos fiables, ni en muchos casos igualdad de prestaciones. Lo mejor es que todavía ofrece una atención gratuita   para todos los españoles y es muy eficaz para resolver  enfermedades agudas o complicaciones de las crónicas que precisen intervenciones especializadas.

Podría seguir pero me canso y noto que me pongo quizá demasiado tremendista y por tanto me alejo de la realidad y se me va el hilo de lo que quería argumentar. Las causas siempre son complejas pero creo que el haber montado un sistema basado en una utopía y con un discurso tan débil tiene algo que ver en lo que esta ocurriendo. La demanda se ha disparado y no se valora el coste de los servicios;  las listas de espera son eternas y no discriminan entre lo banal y lo grave;   la capacidad de autocuidado ha disminuido en vez de aumentar y se atienden catarros en los hospitales o se demanda un psicologo o un "fisio" para cualquier tropezón vital.  Y lo que es peor, esto hace que  patologías frecuentes potencialmente  graves se vean demoradas injusticada y peligrosamente y que, a pesar de la propaganda, los ciudadanos sigamos sin tener  la atención adecuada para una muerte con el menor sufrimiento y dolor posibles. Es decir se ha producido lo contrario de lo que se pretendía. Y encima ahora la crisis económica puede llevarselo por delante  porque cada vez hay más datos de que la fragmentación del sistema va a posibilitar una mayor facilidad para el desmantelamiento y la privatización de lo que hasta ahora hemos comocido, con lo que es posible que en poco tiempo una parte importante de la población pierda el acceso a  unos cuidados sanitarios de calidad. Es decir el discurso de la sanidad pública gratuita ha puesto las cosas muy sencillas a los que siempre quisieron  privatizarla. Una nueva paradoja.


Quizá alguien tendría que haber explicado a tiempo que un sistema sanitario tiene que centrarse en atender con la mayor eficacia las enfermedades de cierta importancia y solo intentar prevenir lo que esté muy claro que pueda y deba intentar ser prevenido porque vivir siempre tendrá riegos y es un riesgo mucho mayor el querer vivir sin ninguno. Y que es un privilegio que eso sea gratuito en un país, porque es muy caro y hay que cuidarlo mucho,  porque puede convertirse facilmente en no sostenible si se abusa de él. Lo demás es un problema de buena educación y de buena politica que procure ciudades más habitables; trabajos con condiciones más amables; códigos culturales menos alienantes; condiciones sociales que posibiliten la promoción de las más inteligentes y honestas cabezas que  comprendan y sean capaces de aplicar el método cientifico para la toma de las decisiones más diversas, intentando superar cualquier tipo de de sectarismo. 

Por todo eso merece la pena seguir trabajando porque, como dice David S Landes en "Riqueza y pobreza de las naciones",otro libro que quizá conviene releer en estos tiempos:

"Las personas que viven para trabajar (…y ven la felicidad como un producto derivado) son un élite pequeña y abierta al mundo, que surge espontáneamente  y está compuesta por gentes que tienden a ver el lado positivo de las cosas. En este mundo los optimistas se llevan el gato al agua, no porque siempre tengan razón , sino porque son positivos. Incluso cuando están equivocados son positivos, y esa es la senda que conduce a la acción, a su enmienda, a su mejoría y al éxito.  El optimismo educado y despierto recompensa; el pesimismo solo puede ofrcer el triste consuelo de tener razón.  La gran lección que  puede sacarse de lo dicho es que es necesario no cejar en el empeño. Los milagros no existen. La perfección es inalcanzable . No hay milenarismos. Ni apocalipsis. Hay que cultivar una fe escéptica, evitar los dogmas, saber escuchar y mirar, tratar de despejar y fijar los fines para poder escoger mejor los medios"

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